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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 550

—Concéntrate en trabajar, ahorra un poco de dinero, y más adelante regresa a tu pueblo a casarte con un hombre de bien.

Tras decir esas palabras, Irene salió de la habitación.

Alcira escupió al suelo en su dirección con asco.

—Maldita perra. Si al final eres igual que yo, ¿por qué te haces la digna?

El chofer, amablemente, ayudó a Irene a subir a Galileo hasta el departamento.

En cuanto Galileo tocó la cama, se quedó profundamente dormido.

Irene tuvo que hacer uso de todas sus fuerzas para lograr cambiarle la ropa por su pijama.

Sabía perfectamente por qué él había bebido hasta perder el conocimiento.

La mujer a la que había amado con locura resultó ser la misma que lo engañó de la peor manera. Qué ironía tan cruel.

¿Sería esto a lo que le llaman karma?

En el pasado, Nanette amó a Galileo al punto de no querer a nadie más en su vida, pero él terminó destrozándola por completo.

Y ahora, Yolanda le había roto el corazón a Galileo de la misma manera. Sí que era el karma cobrando su deuda.

El dedo índice de Irene delineó suavemente los labios de Galileo.

Eran labios muy suaves; cuando la besaban, la sensación era agradable.

Sin embargo, cada encuentro íntimo parecía carecer de una verdadera calidez.

—Nanette...

El hombre en la cama parecía atrapado en una pesadilla y empezó a balbucear en sueños.

—Nanette, vuelve a casa conmigo... Fui un idiota...

El corazón de Irene se encogió bruscamente.

Dejó escapar una risa silenciosa y amarga hasta que su respiración volvió a la normalidad.

¿Qué derecho tenía a ofenderse?

Desde el primer día, ella siempre había sido la tercera en discordia, la persona que interfirió en la felicidad del matrimonio de otro.

Irene se inclinó hacia adelante y depositó un beso fugaz sobre la frente de Galileo.

Suspiró con pesadez.

Si hubiera sabido cómo terminarían las cosas, tal vez él nunca la habría dejado ir.

Una vez que pierdes a quien te miraba como si fueras su mundo entero, es casi imposible recuperarla.

Sobre todo cuando ahora, al lado de ella, había otro hombre dispuesto a entregarle el alma.

Cuando Galileo despertó, sentía que la cabeza estaba a punto de estallarle.

Afuera, el sol brillaba en lo alto.

Revisó la hora y vio que pasaban de las diez de la mañana.

Apartó las cobijas, se levantó y caminó hacia la sala.

Irene estaba en el balcón, colgando ropa recién lavada.

Por un fugaz instante, Galileo experimentó una extraña ilusión.

Galileo lo tomó y se lo bebió de un solo trago.

—¿Hice... algo indebido estando borracho?

Irene sonrió con total tranquilidad.

—No mucho. Solo estabas muy ebrio y terminaste abrazando a Alcira.

Galileo frunció el ceño, extrañado.

—¿Yo abracé a esa chica?

—Sí —confirmó Irene.

Galileo se frotó las sienes con fuerza. No sentía ninguna culpa hacia ella, sino un profundo asco.

Le repugnaba la idea de haber abrazado a una mujer de ese tipo.

Había sido el gerente del club quien le presentó a Alcira.

Al principio, Galileo no le prestó la más mínima atención.

Pero la chica sabía exactamente qué decir para endulzarle el oído y levantarle el ánimo.

Por eso le permitió quedarse en la sala.

—Seguro estaba demasiado borracho y la confundí con alguien más —se justificó él.

Irene se colocó detrás de él y comenzó a masajearle suavemente las sienes.

—¿Acaso pensaste que era la señorita Larco? —preguntó.

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