Una vez que Galileo descargó toda su ira, una pesada quietud se instaló en él.
—Irene.
Ella respondió con un murmullo apresurado.
—Mañana vendrás conmigo.
Sin atreverse a preguntar adónde, ella simplemente asintió.
—De acuerdo.
Él se pasó una mano por el cabello.
—Tráeme más cerveza.
—Se acabó.
—¡Entonces ve a comprar más! —gruñó él.
Soportando el dolor punzante en el vientre, Irene se puso en pie.
Apenas había dado unos pasos cuando él volvió a detenerla.
—Ven aquí.
Como siempre, ella obedeció mansamente.
Galileo la tomó del brazo, la obligó a sentarse sobre sus piernas y hundió el rostro en su pecho.
Pasó mucho tiempo antes de que él volviera a hablar.
Su voz sonaba ronca, aún cargada con los vestigios de su furia incontrolable.
—No limpies nada hoy. Mañana llama a la chica de la limpieza para que se encargue. Y todo lo que se rompió... vuelve a comprarlo. Pásame las facturas y yo te lo pagaré.
—Está bien.
Galileo notó el terror en sus ojos.
—¿Te asusté?
Irene forzó una media sonrisa.
—Un poco.
—Es la primera vez que te veo asustada —murmuró él—. Siempre creí que te daba igual todo.
Irene no contestó.
Galileo guardó silencio un buen rato.
—Si esto resulta ser verdad... dime, ¿qué se supone que debo hacer?
Ella estaba igual de perdida.
El asunto era demasiado impactante.
El tema de la sangre de la familia Godoy era sagrado, ¿cómo podía haber un error?
¿En serio la señorita Camoso tenía semejante descaro?
—Además, ¿todos me han visto la cara de imbécil para reírse de mí? Todos lo sabían menos yo. ¿Acaso soy el payaso de la historia?
—Oh, no es nada. Es solo que intento llamar a Galileo y no me contesta. Me preocupa que le haya pasado algo.
A Ivón no le importó en lo más mínimo.
—¿Qué podría pasarle? Tranquila, no es la primera vez que no llega a cenar. Déjalo tranquilo y come tu comida.
—Yo... no tengo mucho apetito. Creo que me iré a mi cuarto a descansar.
—Como quieras.
Al entrar a su habitación, el llanto del bebé era constante mientras la empleada intentaba calmarlo preparándole un biberón.
A Yolanda el ruido la sacó de sus casillas.
—¡Llévatelo de aquí! ¡No quiero volver a verle la cara por hoy!
La empleada se quedó de piedra unos segundos antes de llevarse al niño a otra habitación.
Mientras caminaba, no paraba de preguntarse:
¿Cómo era posible que la señora de la casa tratara a su propio hijo con tanta frialdad?
Yolanda desbloqueó su celular.
Sacó un número de la lista de bloqueados y llamó.
Del otro lado, una voz masculina, teñida de burla, respondió:
—¡Vaya, vaya! ¡Pero si es la mismísima señorita Camoso! ¡Cuánto tiempo sin saber de ti! ¿A qué debo el honor de tu llamada hoy? ¡Pensé que me habías borrado de tu vida para siempre!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó