El rostro de Noel no mostraba ninguna emoción.
—No quería molestar a los pacientes.
—Pero mi madrina dijo que no subiste porque no te gusta el olor a desinfectante del hospital.
Al verse descubierto, no mostró la sorpresa que ella esperaba; seguía igual de sereno.
Este hombre era así. Aunque el mundo se estuviera acabando, él mantendría la calma.
—Noel —empezó Nanette, con tono serio—. No quiero que nuestra relación se vuelva tan distante.
—Solo pensé que, si me mantenía alejado, tú te sentirías más cómoda —respondió él.
Al escuchar eso, Nanette no sintió el menor alivio. Al contrario, sintió una opresión en el pecho.
¿Por qué el altivo y distinguido joven amo de Puerto Alba tenía que rebajarse de esa manera?
—No es así.
Noel se quedó en silencio por un momento.
—¿No es así qué?
—No me siento cómoda cuando te alejas. Estos dos días he estado pensando tranquilamente en muchas cosas.
Nanette se acercó a él y, imitándolo, se apoyó también contra la puerta del auto.
Vistos desde lejos, parecían una pareja perfecta confesándose su amor.
O tal vez dos viejos amigos poniéndose al día.
La voz de la mujer sonó suave y envolvente.
—Admito que cuando me enteré de todo aquello, me costó mucho asimilarlo. Pero no fue por quién le gusta a quién, sino porque sentí que todos lo sabían menos yo. Me sentí como una tonta.
»Y también siento mucha culpa. Culpa porque siempre eres bueno conmigo sin esperar nada a cambio, y yo no sé cómo corresponderte.
»Ese día, cuando vi que arriesgaste tu vida para salvarme, me asusté muchísimo. De verdad tuve pánico de que te pasara algo.
Noel giró la cabeza para mirarla de perfil.
El suave rostro de Nanette resplandecía bajo la cálida luz del sol.
Enseguida, él volvió la mirada al frente.
Sabía que el miedo de ella a que le pasara algo no era producto de un amor romántico.
—Eres el heredero del clan Cortés. Llevas una gran carga sobre tus hombros, ¿cómo pudiste arriesgar tu vida solo para salvarme? Si te hubiera pasado algo, ¿qué cuentas le habría rendido a tu familia? ¿Qué le habría dicho a tu padre?
Noel se enderezó y le tendió la mano.
—A partir de ahora, seremos los mejores amigos.
Al ver esa mano de dedos largos y elegantes, Nanette sintió que un peso se levantaba de sus hombros.
Extendió la mano y estrechó la suya.
—Sí, los mejores amigos.
Noel retiró la mano rápidamente, fue a la parte trasera del auto, abrió la cajuela y sacó una bolsa grande llena de cosas.
—Le compré unos juguetes, algo de comer y unos libros a Tina.
Había algo que no encajaba.
Nanette se quedó pensando un buen rato.
—Tú... tú...
No tenía sentido.
—¿Tú planeabas subir desde el principio?

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