Tina bajó la cabeza rápidamente, fingiendo leer su libro.
Pensaba en sus adentros: «Eso no fue un sueño, de verdad entró alguien. Pero no a vernos a las dos, ¡vino a verte a ti, hermana!».
Tina todavía recordaba la profunda mirada de amor con la que ese chico guapo veía a su hermana.
Alguien llamó un par de veces a la puerta de la habitación.
Nanette levantó la vista, sorprendida.
—¿Madrina?
¿Cómo sabía su madrina que estaba en el hospital?
Si no se lo había contado a nadie.
Sabina Prieto se apresuró a explicar.
—Anoche Melba llamó a Noel, y resulta que tu padrino estaba justo al lado. Cuando nos enteramos de que estabas en el hospital, tu padrino se preocupó y me pidió que viniera a verte. Y bueno, aquí me tienes.
Sabina dejó las bolsas que traía sobre la mesa.
—Me levanté temprano para preparar esta sopa.
Conque fue Noel...
Si lo hubiera sabido, se lo habría dicho ella misma cuando le pidió el permiso.
Y ahora resultaba que él se había enterado por terceros.
¿Qué estaría pensando Noel?
¿Creería que ella lo estaba alejando a propósito?
Nanette dejó de lado esos pensamientos.
—Madrina, te presento a alguien. —Nanette apoyó la mano en el hombro de Tina—. Ella es Tina.
»Tina, ella es la madrina de tu hermana.
Al ver la calidez de Sabina, Tina se sintió un poco más confiada.
—Señora.
Sabina soltó una carcajada.
—¡Ay, hermosa! Ya podrías llamarme abuela.
Tina se rascó la cabeza.
—Pero si le digo abuela, ya no podré decirle hermana a mi hermana. Tendría que decirle tía.
Nanette lo pensó detenidamente.
—Mejor dime tía desde ahora. A ella le dices abuela, y así todo cuadra.
Tina negó con la cabeza enérgicamente.
—Prefiero decirte hermana. Si te digo tía, te haré sonar más vieja.
A Sabina le encantó la ocurrencia de Tina.
Nanette le hizo una seña a Sabina con los ojos.
Y Sabina no insistió más.
Nanette y Tina se comieron cada una un tazón de sopa de mijo.
Al terminar, Sabina se dispuso a lavar los trastes y Nanette la acompañó para ayudarla.
Sabina cerró la puerta.
—Nanette, dime la verdad, ¿vas a hacerte cargo de esta niña?
Nanette respondió con firmeza:
—Sí.
—Piénsalo bien. Esto no es cosa de uno o dos días. Es una gran responsabilidad. Y una vez que la asumas, no podrás echarte para atrás fácilmente.
—Lo sé, ya lo pensé bien. No te preocupes, madrina, con lo que gano me alcanza para mantenerla.
Nanette se acarició el vientre.
—Cuando nazca mi bebé, ya tendrá una hermana mayor.
—¿Y ya lo hablaste con Noel?
Nanette hizo una pausa y su voz perdió fuerza.
—¿Y por qué tendría que hablarlo con él...?

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