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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 494

—Nanette.

Noel se dio la vuelta, con una mirada inescrutable.

—Tengo prometida, lo sabes bien.

Ella apretó los labios con suavidad.

—Sí, lo sé.

—Bien.

Y luego, el pasillo quedó en un silencio sepulcral.

Nanette le dio mil vueltas al asunto, pero jamás logró descifrar qué ocultaba aquel simple «bien».

—Cierra bien la puerta con seguro. Mañana te doy el día libre, descansa.

Tras soltar esas palabras, Noel se alejó sin mirar atrás.

Nanette cerró la puerta de forma autómata. Sentía una extraña opresión en el pecho, un nudo que no lograba comprender ni explicar.

A la mañana siguiente.

La despertó el sonido insistente del timbre.

Al ver la hora, notó que eran casi las diez de la mañana.

Se envolvió en una bata ligera y fue a abrir.

El Repartidor le extendió una bolsa bastante grande.

—Señorita Larco, su pedido.

Nanette se quedó desconcertada.

—Creo que se equivocó de dirección. No he pedido nada.

—No hay ningún error. La dirección y el número de departamento coinciden a la perfección. Usted es la señorita Nanette Larco, ¿verdad?

Ella echó un vistazo al recibo.

La dirección era correcta.

Pero juraba que no había encargado comida.

Con solo ver el empaque del restaurante, supo de qué se trataba.

Era un desayuno muy elegante y cotizado de un restaurante famoso en San Lirio.

—Tengo entendido que este restaurante no hace envíos a domicilio.

El Repartidor le contestó amablemente.

—Los detalles exactos no los conozco, señorita. Solo sé que alguien solicitó un servicio de mensajería especial, me pidió recoger el desayuno en ese local y entregarlo en esta dirección.

—¿Y a nombre de quién está el pedido?

El repartidor revisó la pantalla de su celular.

—Un tal señor Godoy.

—Galileo, de verdad aprecio mucho que hayas ido a rescatarme ayer, pero eso no significa que mágicamente nuestra relación haya vuelto a ser cercana.

En lugar de enojarse, él rio.

—¿No habíamos quedado en que a partir de ahora somos amigos?

—Aun si lo somos, seríamos conocidos lejanos, amigos muy ordinarios.

¿Acaso los amigos comunes se enviaban desayunos exclusivos y derrochaban tantas atenciones?

—Galileo —advirtió ella con tono severo—, no vuelvas a hacer este tipo de cosas. Me incomoda. Si anoche te hablé con calma y paciencia fue únicamente porque, siendo justos, me salvaste la vida y merecías un agradecimiento. Pero una cosa no borra la otra. No quiero que te hagas falsas ilusiones ni malentendidos.

La respuesta de Galileo fue sorprendentemente dulce.

—No me he hecho ninguna ilusión, es solo un gesto de amistad. Bueno, tengo que entrar a una junta, te cuelgo. No olvides desayunar. Más tarde paso por ti; todavía tenemos que ir a la comisaría a resolver unas cosas.

Nanette exhaló con pesadez.

Tenía la cabeza hecha un desastre; casi había olvidado que el día anterior fue víctima de un secuestro.

El Repartidor seguía allí de pie, sosteniendo la enorme bolsa con cara de impaciencia.

—Señorita, ¿podría firmar de recibido por favor?

Nanette tomó la pluma, firmó el recibo y luego se lo devolvió junto con la comida.

—Quédatelo tú, es un regalo.

No estaba dispuesta a saborear ni un bocado que proviniera de Galileo Godoy.

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