Incluso después de haber entrado al apartamento, Nanette seguía sin entender qué la había impulsado a pedirle que se quedara.
Se había jurado a sí misma que, por el momento, no estaba preparada para darle la cara.
¿Acaso fue por su herida?
¿O porque esa profunda tristeza en su mirada le partió el corazón y le impidió ser cruel?
Las zapatillas que Noel solía usar en el apartamento ya las había usado Gael.
Por ello, Nanette sacó un par completamente nuevo de su empaque.
—Ponte estas, están sin usar.
Ella sabía muy bien que él era extremadamente quisquilloso con la limpieza.
Pero, curiosamente, jamás había mostrado ningún reparo cuando estaban juntos.
Nanette le quitó el saco y lo colgó en el perchero; acto seguido, sacó un botiquín de primeros auxilios del mueble.
Noel tomó asiento en el sofá.
Ella se acomodó a su lado.
Sin mediar palabra, tomó su mano y comenzó a desinfectarle la herida con mucha concentración.
Por mucho que le escociera, Noel no frunció el ceño en ningún momento y se mantuvo estoico todo el tiempo.
Nanette mantuvo la mirada clavada en su labor.
No se atrevía a levantar los ojos.
Y es que podía sentir, casi de forma física, cómo la mirada de Noel taladraba su rostro.
Limpió, desinfectó, aplicó una pomada, envolvió todo con gasa y, para terminar, ató los extremos en un impecable moño.
El vendaje había quedado muy pulcro.
Realizó todos los movimientos con una fluidez asombrosa.
Casi como si de una enfermera profesional se tratara.
—Tienes muy buena mano para esto —la elogió Noel, incapaz de contenerse.
Mientras ordenaba las cosas en el botiquín, Nanette respondió:
—Desde que era niña, me ha tocado curarme sola los golpes, raspones y cortes; es normal que le haya agarrado el truco con el tiempo.
Inevitablemente, la imagen de la enorme y fea cicatriz que le había visto el otro día cruzó por la mente de Noel.
—¿Incluso la de tu cintura?
—Al principio me atendió un doctor, pero como me mandó a cambiar los vendajes cada dos días y a mí me daba mucha pereza ir a la clínica, decidí hacerlo por mi cuenta.
En realidad, se debía a que era apenas una niña en ese entonces.
Y a Eloísa también le daba mucha flojera llevarla.
Así que ella, simplemente, dejó de ir.
Un largo silencio se instaló entre ellos.
Tras pensarlo una y otra vez, Nanette se decidió a hablar.
—Noel, yo...
Se restregó la nariz.
—Qué raro... ¿Acaso alguien anda hablando mal de mí?
Camila estaba inmersa en sus pensamientos; el auto llevaba estacionado un buen rato y ella seguía sin inmutarse.
El asistente la miró, algo extrañado.
—¿Señorita Mancilla? Ya llegamos a su casa.
Camila volvió a la realidad de golpe y se desabrochó el cinturón a toda prisa.
—Ah... gracias.
—No me lo agradezca a mí, fue el Joven Amo quien me ordenó que la trajera y me recalcó que me asegurara de que llegara sana y salva.
Ese simple comentario hizo que a Camila le diera un vuelco el corazón.
—El señor Cortés... es realmente muy considerado.
Isaac no notó nada inusual en su tono.
—¡Claro que sí! Nuestro Joven Amo es la persona más maravillosa que existe sobre la faz de la tierra.
—Se nota que le profesas una admiración enorme —señaló Camila.
—Por supuesto. Para mí, no hay nadie en el mundo que pueda compararse a él. Aunque...
Su tono adquirió un matiz más serio.
—A la señorita Larco también la admiro muchísimo; la considero como mi ídolo, de verdad. Pero la cuestión es que...

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