—Yo... nunca debí fijarme en él...
—No. Por eso no me debes una disculpa —Nanette sacudió suavemente la cabeza—. Lo que hiciste mal fue ocultármelo. Permitiste que tu secreto envenenara nuestra amistad sin decirme una palabra.
»Debiste decírmelo y escuchar lo que yo tenía que decir.
Camila la miró, insegura: —¿Y tú qué...
Nanette levantó la vista, y en sus ojos asomaba una pizca de decepción.
—¿Yo qué?
—¿Tú... estás enamorada de él?
¿Enamorada de él?
—Vaya, parece que todo el mundo me hace la misma pregunta.
Ahora se daba cuenta de que todos sabían el secreto, menos ella.
—Sí, lo quiero —respondió Nanette, con una expresión seria y firme—. Lo quiero como te quiero a ti, como quiero a Venancio, a Melba y a mis padrinos. Pero jamás he imaginado otro tipo de relación con él. Jamás.
»¿Te sirve esa respuesta?
Camila parecía incrédula.
—Es muy difícil no enamorarse de un hombre como él.
—Eso es lo que piensan ustedes, pero no yo. —Nanette sintió que le faltaba el aire—. Siento una admiración profunda por él, hasta se podría decir que lo idolatro. Es brillante, mucho más capaz e inteligente que yo.
»¡Cada día me digo a mí misma que quiero ser como él! ¡Quiero llegar a lo más alto por mis propios méritos, igual que él!
»¡Me juré a mí misma no volver a ser esclava del romance ni perder la cabeza por amor! ¡Me propuse mantener la mente clara y saber exactamente cuáles son mis metas!
»Ustedes tienen una familia maravillosa, el respaldo del imperio de sus padres, pero yo no tengo nada de eso.
»No tengo familia que me consienta, ni hermanos. Solo me tengo a mí misma. Mis tres años de matrimonio con Galileo me enseñaron que, en este mundo, nadie te va a salvar, ¡solo puedes depender de ti misma!
Sus ojos oscuros se humedecieron, y las lágrimas amenazaron con desbordarse.
Camila, sintiendo un nudo en la garganta, abrió la boca para decir algo, pero las palabras se le atascaron.
—Nanette...
—Camila.
—Entiendo que te sientas frustrada, pero no tenías que tratar así a Venancio.
Camila se sintió miserable.
—Él sabía mi secreto y me daba miedo que se los contara para humillarme, así que...
—Venancio no es así. Puede que sea bromista, pero es un hombre maduro y muy leal.
Nanette habló con firmeza.
—Lo conozco perfectamente. Si no fuera alguien de confianza, no habría trabajado a su lado todos estos años, y mucho menos habría querido dejarle el Grupo Larco en sus manos.
Camila asintió lentamente.
—Lo sé... Fui una paranoica.
—Camila.
Nanette sentía una opresión tan fuerte en el pecho que necesitaba salir a respirar.
Pero aún le quedaba una última cosa por decir.

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