Alcira se desmayó al instante.
Nanette también se sobresaltó por un segundo.
Pero no tardó en recuperar la compostura.
Sabía que para liderar no se puede ser blando. Sin una mano firme, era imposible que alguien tan joven lograra mantener a flote el club nocturno más exclusivo y peligroso de San Lirio.
Más aún en un lugar como ese, donde se codeaba la peor calaña de la ciudad.
Mantener a todos a raya era ley de vida o muerte.
Por eso, cuando los matones sacaron las navajas y se prepararon para ejecutar la orden, Nanette ni siquiera parpadeó.
Fue Noel quien se giró repentinamente hacia ella.
Y bloqueó por completo su campo de visión.
—No deberías ver esto.
—¿Por qué? —preguntó ella.
—Va a asustar a nuestro bebé.
—Mi bebé no es un miedoso.
De repente, alguien entró a la oficina dando un grito desgarrador:
—¡Alto!
Esa voz...
Nanette asomó la cabeza por detrás de los anchos hombros de Noel.
Resultó ser alguien muy conocido.
Irene también se sorprendió al ver a Nanette.
Pero no había tiempo para los reencuentros, así que rápidamente se lanzó a abogar por la chica que yacía inconsciente en el piso.
—¡Jefe, por favor! ¡Tenga piedad de ella!
Irene venía corriendo y aún le faltaba un poco el aire.
Xavier la barrió con la mirada.
—¿Irene Mera?
—Sí, soy yo. Es un honor que me recuerde.
—Por supuesto que te recuerdo —dijo Xavier, y un atisbo de sonrisa se dibujó en sus labios—. Después de todo, eres una de nuestras mejores chicas y la favorita de Galileo Godoy. Ese tal Godoy ha dejado una verdadera fortuna en nuestras mesas solo por ti.
Sus palabras eran dardos envenenados.
Pero para Irene, ya no significaban nada.
Había escuchado insultos mucho peores; diez o cien veces peores.
—Las reglas no se rompen. Pero nadie ha dicho que no puedas tomar su lugar.
El mensaje no podía ser más claro.
Irene se quedó paralizada por un instante.
—¿Qué pasa? ¿Se te acabaron las agallas? Tanto teatrito para proteger a tu compañera y al final no estás dispuesta a sacrificarte.
Irene se levantó lentamente, y sus ojos se posaron en Nanette.
Había una muda súplica en su mirada.
Acto seguido, Irene se sacudió el polvo imaginario del pantalón, se arregló la ropa y habló con total tranquilidad.
—Me gustaría salvarla, pero no a costa de mi propia vida o de mis manos. Tengo a una hermana discapacitada que mantener, y todavía las necesito.
Justo en ese momento, el cuerpo inerte en el suelo cobró vida y despertó.
Lo primero que hizo Alcira fue revisarse las manos, y al ver que seguían ahí, sintió que había vuelto a nacer.
Lo segundo que vio fue a Irene.
—¡Irene, por favor, ayúdame! ¡El jefe me quiere cortar la mano! ¡Haz algo, te lo ruego! ¡No lo volveré a hacer!
Irene dejó escapar un largo y pesado suspiro.
—Te lo advertí. Desde el momento en que decidiste cruzar por esa puerta, dejaste de ser una señorita de sociedad. Aquí no hay dignidad que valga, ni nadie va a tenerte lástima.

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