Que esas palabras salieran de la boca de Yolanda no era ninguna sorpresa.
Si Luis Camoso ya lo sabía, era obvio que Yolanda también se enteraría.
Pero Nanette estaba completamente segura de que Yolanda no le había dicho nada a Galileo sobre su embarazo.
De lo contrario, con el temperamento ansioso e impulsivo de Galileo, ya habría ido a buscarla para confirmarlo.
Nanette no tenía ganas de lidiar con ella.
—¿Y a ti qué te importa si lo es o no?
La mirada de Yolanda seguía siendo la de alguien que ve a su enemigo mortal.
—¡Claro que me importa! ¡Me voy a casar con él! ¡Y tú estás esperando un hijo suyo! ¡Dime si no me va a importar!
¿Se iban a casar?
Nanette recibió la noticia con escepticismo.
Después de todo el escándalo, ¿Galileo aún planeaba casarse con ella?
Al parecer, la fortuna de la familia Camoso seguía siendo un imán irresistible para Galileo.
—Tienes que abortar a ese bebé.
Nanette esbozó una sonrisa cargada de sarcasmo.
—Qué atrevimiento el tuyo.
—Te puedo dar dinero —insistió Yolanda—. La cantidad que quieras. Te seré sincera: mi padre transfirió todos sus bienes a mi nombre mucho antes de que todo esto pasara. Así que, aunque él esté en problemas, a los Camoso no nos falta el dinero.
A Nanette le dio un tic en la comisura de los labios.
Pero qué manía más repugnante.
Siempre creyendo que con dinero se podía pisotear a cualquiera.
Nanette se apoyó en el lavabo y se cruzó de brazos.
—Señorita Camoso, yo también le seré sincera. El bebé que llevo en mi vientre no es de Galileo.
Yolanda se quedó paralizada un segundo.
—No intentes engañarme. Si no es de él, ¿de quién más podría ser?
—De quién sea no es asunto tuyo —respondió Nanette—. Pero te aseguro que no es de él.
—Te quedaste embarazada antes de firmar el divorcio... Eso significa que, ¿le fuiste infiel a Galileo cuando aún estaban casados?
Era una trampa de doble filo.
Yolanda sabía que estaba embarazada.
Si Nanette admitía que el bebé era de Galileo, Yolanda jamás la dejaría en paz.
No entendía cómo Galileo alguna vez había estado tan perdidamente enamorado de ella.
Al final, se merecían el uno al otro. Eran tal para cual. Dos idiotas hechos a la medida.
—¿No tienes miedo de que le cuente a Galileo que le fuiste infiel?
Nanette soltó una media sonrisa.
—No serías tan estúpida como para contarle sobre mi embarazo.
—¿Por qué no?
—Porque no quieres que él y yo volvamos a tener contacto. Si él descubre que estoy embarazada, sin importar de quién sea el hijo, buscará cualquier excusa para volver a molestarme.
Yolanda tuvo que admitirlo a regañadientes.
Esa mujer era demasiado astuta.
Nanette borró la sonrisa de su rostro y su mirada se volvió gélida.
—Yolanda, mi embarazo y tu boda con Galileo no tienen absolutamente nada que ver. ¿Sabes por qué? Porque jamás me rebajaría a recoger la basura que ya tiré a la calle. Así que deja de perder tu tiempo conmigo. Mejor úsalo para pensar cómo vas a retener a Galileo a tu lado.
—Después de todo... —Nanette le dedicó una sonrisa llena de doble intención—. Si Galileo llegara a enterarse de todas las cosas que hiciste a sus espaldas, me temo que las consecuencias serían desastrosas.
Yolanda se quedó petrificada en su sitio, incapaz de reaccionar durante un largo rato.
¿Qué... qué diablos significaba eso?

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