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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 432

Galileo levantó la mirada, con los ojos repentinamente helados.

—Recoge tus cosas y lárgate.

Luisa sintió un escalofrío.

—Presidente Godoy, lo siento mucho, no fue mi intención. Le aseguro que la próxima vez tendré más cuidado.

Galileo mantuvo una expresión de total indiferencia.

—No me gusta la gente que se aprovecha de su posición para pisotear a otros.

Luisa preguntó temblando:

—Presidente Godoy, yo... no entiendo qué quiere decir.

Galileo la miró con frialdad.

—Cuando la señora Nanette estaba aquí, no le hiciste la vida nada fácil, ¿verdad?

Luisa se asustó tanto que se quedó sin palabras.

Era cierto que le había hecho la vida imposible a esa mujer.

Pero...

—Presidente Godoy, eso fue porque la Matriarca me dijo que ella no era digna de ser la señora de la casa y que tarde o temprano terminaría yéndose. Me dijo que no le diera importancia, por eso yo...

Luisa no se atrevió a continuar.

Qué extraño.

Esa mujer ya se había ido de la familia Godoy.

Sin embargo, parecía que el joven heredero no podía sacársela de la cabeza.

Galileo frunció el ceño con fuerza.

«Esa mujer»...

Ese era el término despectivo que Anatolia usaba para referirse a Nanette.

Definitivamente, de tal amo, tal sirviente.

—Lárgate, no quiero volver a verte.

Luisa supo que decir más cosas sería inútil. Se quitó el delantal y lo tiró al suelo.

—¡Me voy porque quiero! ¡Tampoco es que tuviera ganas de quedarme en este maldito lugar! ¡Aquí solo hay mala vibra! Unos muertos, otros en la cárcel... ¡este lugar está maldito!

Ivón explotó al escucharla.

—¡Luisa! ¡A ver si te lavas la boca antes de hablar! Si te aceptamos aquí fue solo porque somos parientes lejanos, ¡no seas malagradecida!

De todos modos ya se iba, así que Luisa decidió no guardarse nada.

—¿No querías mudarte? Estoy de acuerdo.

Ivón se alegró de inmediato.

—Entonces mañana mismo busco una empresa de mudanzas. Entre más rápido nos vayamos, mejor.

Galileo sentía que faltaba algo.

—¿Dónde está Yolanda?

Por lo general, en cuanto Yolanda lo escuchaba llegar, corría hacia él para abrazarlo.

Hoy las cosas estaban muy extrañas.

Ivón miró en dirección a la habitación.

—Seguro se cansó de llorar y se quedó dormida.

—¿Llorar?

—Sí, está desesperada por lo de su padre. Dice que te llamó varias veces y no le contestaste, así que volvió a llorar a mares.

—Galileo... —Ivón bajó la voz intencionalmente—.

—¿Qué piensas hacer?

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