La amenaza fue muy efectiva.
Hugo obedeció de inmediato y entró con la cabeza gacha.
Sabina se alegró mucho al ver al chico.
—Pero qué joven tan apuesto. ¡Me cae muy bien!
Quizás no estaba acostumbrado a los halagos, porque Hugo se sonrojó de inmediato.
El chico colocó los regalos que Nanette le había entregado en el suelo.
Además del pastel y las flores, había una caja enorme.
Sabina fingió enojarse.
—Solo te invité a cenar, mi niña, ¿por qué traes tantas cosas?
Nanette sonrió con ternura.
—Es su cumpleaños, madrina. Si llegaba con las manos vacías, me iba a sentir fatal.
Sabina le dio un toque juguetón en el brazo.
—¿Acaso fue Noel quien te lo dijo?
—Sí.
—Ese muchacho travieso... Si hubiera sabido, le habría advertido que no te dijera nada para que no gastaras.
Nanette se rio suavemente.
—Le prometo, madrina, que el regalo que le traje le va a fascinar.
Sabina no pudo ocultar su curiosidad.
—¿Ah, sí? ¿Qué maravilla me trajiste?
Nanette abrió la gran caja con sus propias manos.
Sabina se quedó sin palabras. Tras unos segundos de silencio, dio un gritito de emoción como si fuera una niña pequeña.
—¡Esto... esto es...!
Nanette sonrió orgullosa.
—Sí. Es exactamente el perro robot que mostraron el año pasado en la exposición nacional de robótica. Tenía algo de tiempo libre, así que construí una réplica mejorada. Le agregué más programas y funciones avanzadas.
Sabina estaba estupefacta.
—¿Tú lo construiste?
—Así es —asintió Nanette—. No sabía qué darle, pero pensé que, si alguna vez se siente aburrida en casa, este amiguito puede hacerle compañía.
Diciendo esto, Nanette sacó una hoja de papel.
—Aquí le dejé una guía sencilla para usarlo; también la escribí yo. Sé que sus funciones son algo básicas frente a los de las grandes corporaciones, pero mírelo como un simple juguete divertido.
—Deja que tu padrino se encargue. Él prometió que hoy me consentiría preparando todo. Nosotras nada más nos sentamos a esperar la cena. Quédate aquí y hazme compañía.
Al voltear, notaron que Hugo seguía de pie, completamente rígido.
Sabina soltó una carcajada.
—Ay, muchacho, no tienes por qué estar tan tenso. Toma asiento, estás en tu casa.
Hugo sacó lentamente una silla y se sentó.
Pero seguía con la espalda recta como una tabla.
Nanette sintió una punzada de compasión por el chico.
Quién sabe si alguna vez había experimentado un momento de verdadera relajación o felicidad en su vida.
Al ver a Nanette mirar hacia la puerta, Sabina interpretó su gesto.
—Noel dijo que llegaba antes de las siete; ya sabes que él nunca queda mal, así que no te preocupes, no tardará en llegar.
Nanette parpadeó sorprendida y soltó una risita nerviosa.
—No lo estaba buscando a él...
—¡Ah, por cierto! —Sabina recordó algo importante—. Vi las noticias sobre la familia Godoy. Es increíble que algo así sucediera de la noche a la mañana. Escuché que el funeral de Doña Anatolia será mañana.
—Como compartimos historia en los negocios, lo correcto es que Quintín y yo vayamos a dar el pésame —añadió—. ¿Tú vas a ir?

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