Gael se quedó atónito.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que he vuelto, sí, pero tú sigues siendo el presidente de Nube Alta.
—Yo solo soy el presidente interino. Ya que estás de regreso, este puesto te pertenece.
—Me da pereza ocuparlo —respondió Nanette con una sonrisa relajada—. Yo solo quiero una oficina tranquila para escribir código. No me gusta la gestión administrativa. Esos dolores de cabeza te los dejo a ti; no tengo ganas de preocuparme por eso.
—¡No! —se negó Gael rotundamente—. Eso va en contra de las reglas.
Los ojos de Nanette brillaron con picardía.
—Yo soy las reglas. ¿Vas a obedecer o no?
Gael suspiró, frustrado.
—Nanette...
Ella lo interrumpió de inmediato.
—Basta de quejas. Haz que traigan tus cosas de vuelta. Yo voy a usar la oficina que me gusta a partir de hoy.
En ese momento, Elisa apareció en la puerta abierta, aunque se detuvo a tocar el marco por cortesía.
Gael la miró.
—¿Pasa algo?
Elisa le entregó un formulario de permiso.
—Quiero pedir el día libre mañana para mudarme.
Gael firmó el documento sin dudarlo.
Nanette frunció el ceño.
—¿Por qué vas a mudarte de repente si estabas viviendo muy bien ahí?
Elisa se encogió de hombros.
—Habíamos acordado que le pagaría el alquiler a precio de mercado, pero Xavier se negó a aceptarlo. Si cobrara, no me importaría quedarme el tiempo que fuera necesario. Pero vivir gratis... me da vergüenza abusar de su hospitalidad. A veces tengo la cara muy dura, pero otras veces, me da pena.
Nanette intentó justificar a Xavier.
—No te cobra porque eres nuestra amiga.
—Una cosa es una cosa y otra es otra —respondió Elisa—. Que me consideren su amiga es un honor que valoro mucho, pero sé mantener mi distancia. No voy a aprovecharme de esa manera.
Nanette iba a decir algo, pero Gael intervino.

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