Irene se quedó inmóvil, observando en silencio cómo Hugo se alejaba a toda prisa. Una amalgama de emociones contradictorias le oprimía el pecho.
La forma en que él la había protegido momentos atrás le había removido algo muy profundo en el corazón.
En toda su vida, jamás un hombre la había defendido de aquella manera.
Por un brevísimo y fugaz instante, se descubrió fantaseando con él.
¿Pero de qué servía?
Ella no era digna de un buen hombre como él.
Hugo era un muchacho honrado, transparente y noble; ella se negaba rotundamente a convertirse en una mancha negra en su impecable historial.
Sin embargo, quien parecía haber huido aterrorizado, regresó de improviso sobre sus pasos.
Llevaba un semblante tan adusto que parecía que venía a negociar un tratado de paz, lo que casi le arrancó una sonrisa a Irene.
—¡Que te quede bien claro que jamás te he menospreciado! —espetó de golpe.
Ella sonrió levemente.
—Lo sé.
—Tú eres hermosa, sumamente cariñosa... además de brillante e independiente. En todo caso, el que no da la talla para alguien como tú, soy yo.
Irene parpadeó, desconcertada.
—No se trata de eso...
—Sé de sobra que no estoy a tu altura.
—En serio que no es por ahí...
—Pero la señora Cortés me dijo algo muy sabio: la vida es muy corta para malgastarla en amores de lejos. Si sientes algo, debes soltarlo sin miedos. Y eso estoy haciendo.
Hugo irguió la espalda con gallardía.
—¡Estoy loco por ti! A decir verdad, no tengo idea de cómo hacer para cortejarte, ¡pero te juro que puedo aprender! El señor Noel y la señora Cortés ya prometieron darme unas clases maestras.
—Pero antes de lanzarme, necesito saberlo: si me lanzo al ruedo, ¿tendría la más mínima oportunidad contigo?
—Porque si la respuesta es un "no" rotundo, me retiro por la paz.
Irene se quedó anonadada mirándolo.
¡Nunca en su vida había presenciado una declaración de amor tan desastrosamente honesta!
—Yo...
—¡No, no! ¡No respondas todavía! Tómate tu tiempo para pensarlo bien, no llevo prisa. Si te obligo a contestar ahorita, seguro me bateas y cometes el peor error de tu vida.
Irene se echó a reír con genuinas ganas.
—¿Esa línea también te la enseñó Nanette?
—No, esa me la acabo de inventar yo solito —respondió él con orgullo.
Ella enmudeció por unos instantes.
—Soy mayor que tú.
—Eso no me importa, y además, la diferencia son apenas tres años. En mi pueblo dicen que cuando la mujer es tres años mayor, la suerte y los billetes llegan solos. ¡Nos queda como anillo al dedo!

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