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No Me Dejes, Aunque No Te Lo Mereces romance Capítulo 379

Con la toalla aún entre las manos, Delfín continuaba secándose el cabello, su actitud tan distante como siempre.

—Señorita Marisela, si tiene algo que decir, dígalo de frente, no le dé tantas vueltas —soltó Delfín, cortante.

Marisela no se inmutó. Se acercó, empujándolo suavemente hasta que se sentó en la silla.

—Señor Delfín, cálmese tantito, primero pruebe el desayuno que le traje, ¿sí? —dijo, sonriendo de oreja a oreja.

Con esa actitud de aduladora, Marisela tomó un tenedor, pinchó un pedazo de pastelillo y lo acercó hasta los labios de Delfín.

—Señor Delfín, ¡pruebe, pruebe!

Había un dicho: uno no rechaza la amabilidad cuando viene con una sonrisa. Aunque Delfín mantenía su mirada y actitud distante, al final abrió la boca y aceptó el bocado.

Ver que Delfín ya no estaba tan reacio como antes y que aceptaba su gesto, hizo que los ojos de Marisela se iluminaran como dos lunas llenas.

Se quedó unos segundos viéndolo, luego le sonrió aún más.

—Señor Delfín, ¿qué le pareció el desayuno?

—Está bien —respondió él, seco.

El gesto hizo que la sonrisa de Marisela se ampliara todavía más.

Sin perder el tiempo, fue directo al grano:

—Señor Delfín, Joha no es su hermana de sangre, ¿verdad? Ella es mi cuñada, Johana, ¿sí o no?

—Señor Delfín, cuénteme la verdad, se lo juro que esto queda entre nosotros, jamás se lo diría a nadie. Si no me lo dice, de plano ya no puedo dormir, llevo días con insomnio, de verdad.

El motivo de Marisela era claro. Esa era la razón por la que intentaba agradarle. Pero apenas terminó de hablar, el semblante de Delfín se volvió todavía más oscuro.

Al mismo tiempo, miró a Marisela como si estuviera viendo a alguien que no le daba crédito.

Se hizo un silencio incómodo. Ariel, que había estado observando en silencio, soltó al fin:

—Señorita Marisela, la verdad, le recomendaría que se hiciera un chequeo con un neurólogo.

Esta vez, antes de que Marisela pudiera contestar, Delfín echó un vistazo despreciativo al desayuno que ella había traído.

—Y otra cosa, señorita Marisela, ¿de verdad cree que con esto va a lograr que le cuente algo personal?

La falta de consideración de Delfín no alteró a Marisela, quien seguía sonriendo como si nada.

—Ay, señor Delfín, no sea así. Al menos ya nos conocemos, y además tenemos negocios juntos. No me deje tan mal parada, ¿sí?

Pero Delfín ni se inmutó.

—Perdón, señorita Marisela, pero no somos tan cercanos, y su importancia para mí no es tanta —le soltó, sin una pizca de emoción.

—Ja, ¿de verdad cree que con unos pastelillos le voy a soltar la verdad sobre Johana? —pensó Delfín, con una sonrisa irónica.

Al ver que Delfín no caía en el juego, la sonrisa de Marisela se borró de golpe. Con un gesto brusco, dejó caer el tenedor sobre la mesa.

—Este Delfín sí que es complicado —refunfuñó para sí.

El problema era que llevaba días investigando la relación entre Johana y Frida, y hasta el momento no había conseguido nada útil.

—Joha podría confiar en mí, de verdad. Aunque supiera la verdad, nunca se la diría a mi hermano ni a nadie más —pensó.

Lo que Marisela no sabía era que nadie temía que ella contara el secreto a propósito. El verdadero temor era que, con lo despistada que era, podría revelar todo sin querer, sin darse cuenta siquiera.

No era un problema de confianza; simplemente era demasiado ingenua.

Así que, en cuanto volvió a la oficina, fue directo a buscar a Ariel para desahogarse.

—Ese Delfín es imposible, no tiene ni tantita consideración —se quejó, haciendo pucheros.

Ariel, sentado frente a su escritorio, la escuchó de mala gana. La miró como si estuviera frente a alguien que no entendía para nada la vida.

No podía entender de dónde sacaba Marisela tanta seguridad, creyendo que con un desayuno y una sonrisa Delfín le iba a contar todos sus secretos. Y para colmo, había conseguido la tarjeta de la habitación de manera clandestina.

Si hubiera sido él, ya hubiera llamado a la policía.

Después de escucharla un rato, Ariel le dijo que tenía trabajo que hacer. Tomándola del brazo, la sacó del despacho y la dejó afuera.

Aunque Marisela tenía un puesto importante y era gerente, en realidad se la pasaba más jugando que trabajando. Todas las tareas importantes siempre las vigilaba algún viejo experimentado de la empresa.

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