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No Me Dejes, Aunque No Te Lo Mereces romance Capítulo 378

Cuando Ariel se dirigió hacia el elevador para subir, el vestíbulo se llenó de murmullos y revuelo.

—¿Vieron que el señor Ariel se tiñó el cabello?

—¡No inventes! Al fin se animó y se lo pintó de negro, así se ve mucho mejor, menos apagado que antes.

—Seguro ya tiene a alguien en mente, ¿no creen? Quiere conquistar a alguien.

—Claro, cuando un hombre se arregla es porque ya trae a alguien entre ceja y ceja.

—¿Pero no decían que el señor Ariel no pensaba casarse nunca más? ¿Será que ya cambió de opinión?

—Es por Frida, debe ser por Frida. Dicen que se parece mucho a la señorita Johana, seguro el señor Ariel ya no pudo quedarse de brazos cruzados.

Desde que su cabello se volvió blanco, Ariel nunca se ocupó de eso, pese a que Raúl y los demás le insistieron varias veces en que se arreglara un poco. Él simplemente los ignoraba.

Después de todo, Johana ya no estaba, ¿cómo iba a tener ánimos para preocuparse por su aspecto?

Pero la noche anterior, al ver a Fermín lucirse frente a Johana, Ariel no pudo aguantar más.

Por eso, al despertar esa mañana, lo primero que hizo fue teñirse el cabello de negro, como antes.

Y tal parecía que ese pequeño cambio le había levantado el ánimo.

Al llegar al piso de arriba en el elevador, todos los empleados lo saludaban sorprendidos. Hasta Jairo, que siempre mantenía la compostura, se quedó mirándolo con asombro.

Desde la muerte de Johana, Ariel andaba como perdido, y su cabello blanco sólo acentuaba su aire apagado y distante.

Pero ahora, se notaba que había recobrado valor para seguir adelante.

Cuando Ariel pasó junto a Jairo, hasta la mirada de este fue distinta, como si reconociera el cambio.

Poco después, ya en su oficina, Teodoro se acercó a darle el reporte diario.

Al ver el cabello negro de Ariel, Teodoro también se quedó atónito.

Mientras le explicaba los pendientes, no podía dejar de mirar la cabeza de su jefe, aunque intentaba disimularlo.

Ariel, revisando los documentos que Teodoro le entregaba, notó que la mirada de su subordinado se mantenía fija en su cabeza. Levantó la vista con calma y preguntó con tono despreocupado:

—¿Mi cabello te parece tan interesante?

Desde que llegó, todos lo miraban igual. A decir verdad, Ariel ya no sabía si reír o resignarse.

¿No era este el color que siempre había tenido?

Teodoro, al escuchar el comentario, negó rápido con la cabeza.

—No, no es eso, señor Ariel. Es sólo que, ahora que volvió a teñirse el cabello, se le ve mucho mejor, como con más energía.

Ariel le dirigió una mirada, pero enseguida volvió a centrarse en los papeles, aunque no pudo evitar sentirse de buen humor.

—Señor Delfín, no se altere. Vengo a platicar con usted, todo en buena onda. No hay que ponerse así, ¿sí?

Delfín bajó la mirada hacia ella y, con algo de fuerza, intentó zafarse del agarre de Marisela.

Pero para su sorpresa, ella tenía más fuerza de la que aparentaba. No logró soltar su brazo.

Frunciendo el entrecejo, Delfín apretó aún más para liberarse, pero Marisela también incrementó la presión, impidiéndole escapar.

La fuerza de Marisela, sin duda, lo tomó por sorpresa.

Finalmente, Delfín se dio por vencido y dejó de forcejear. Sólo la miró de arriba abajo y, con voz seria, le soltó:

—Señorita Marisela, ¿no le da miedo meterse así en la habitación de un hombre desconocido? Cualquiera podría aprovecharse.

No quiso meterse en problemas con ella, al fin y al cabo era amiga de Johana, y además mujer.

Marisela, sin perder la sonrisa, levantó la cabeza y le respondió con naturalidad:

—Se nota que usted es una persona íntegra, señor Delfín. Yo confío plenamente en usted.

Antes de que él pudiera decir algo más, Marisela se apresuró a sacar su lado más adulador:

—Seguro no ha desayunado, ¿verdad, señor Delfín? Le traje una de nuestras bebidas típicas de Río Plata y algunos panecillos. ¿Por qué no prueba un poco?

Mientras hablaba, acomodó la comida sobre el escritorio de Delfín, con ese aire de querer quedar bien a toda costa.

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