En su tercer año trabajando en Puerto Esmeralda, ciudad a la que Alexandro Guzmán la había transferido, Fabiana Ponce lo llamó por primera vez.
Por teléfono, le repitió todo lo que el doctor le acababa de informar sobre el estado de su madre.
Infección en la sangre, pronóstico crítico, su vida en constante riesgo.
Por eso, tenía que regresar de inmediato a Las Palmeras.
Sin embargo, tras escucharla, Alexandro no pareció darle la más mínima importancia. Solo le respondió con una frialdad absoluta:
—Fabiana, no eres doctora.
El mensaje oculto era obvio: que ella regresara no serviría de nada.
Por supuesto que Fabiana sabía que no era médica ni podía salvar vidas. Pero era su mamá, y ante una desgracia así, lo único que anhelaba era hacerle compañía.
Por lo tanto, a pesar de que siempre había sido dócil con Alexandro y jamás se había atrevido a llevarle la contraria, esta vez se tragó el miedo y habló:
—Quiero volver para estar con ella. Te lo aseguro, solo pediré unos días libres, no afectaré el trabajo.
Quizás porque no esperaba que ella insistiera, Alexandro guardó silencio un segundo al otro lado de la línea. Después de todo, frente a él, Fabiana jamás se había atrevido a decir la palabra no.
Tras esa breve pausa, él volvió a hablar, con una voz aún más helada:
—Todavía no se ha muerto.
Aquella frase fue tan despiadada que, a pesar de estar acostumbrada a sus groserías, Fabiana no pudo soportarlo:
—¡No puedes decir algo así!
Pero Alexandro ignoró por completo su dolor y soltó un bufido lleno de fastidio:
—Ubícate en tu lugar. No tienes ningún derecho a hablarme con ese tono.
Como en cada interacción durante los últimos tres años, a él no le importaban las emociones de ella, ni sus opiniones, ni mucho menos su persona.
Su relación, más que la de un matrimonio, se asemeja a la de dos completos extraños.
Pero Fabiana no entendía por qué. Después de todo, había sido él quien le propuso casarse tras aquel terrible incidente. Incluso cuando se enteró de que ella no podría tener hijos, él fue quien sugirió la idea de adoptar a un niño...
A las seis de la mañana, aterrizó.
Al llegar al hospital, el doctor le explicó a detalle la situación de su madre.
Leucemia aguda repentina, causa desconocida. Aunque habían logrado estabilizarla, el panorama seguía siendo sombrío. Requería quimioterapia, un trasplante y una serie de tratamientos complejos. En cuanto a los gastos, debía reunir al menos dos millones de pesos.
Al ver la figura frágil y pálida de su madre en la cama, los ojos de Fabiana se llenaron de lágrimas.
En realidad, ella no era hija biológica de Melania y Víctor Ponce. Había sido adoptada de niña, pero Melania siempre la había amado como si fuera de su propia sangre.
En sus recuerdos, su madre siempre había sufrido. Primero, partiéndose el lomo para criarla; luego, para pagar las deudas de juego de Víctor. Incluso en esta ocasión, se había enterado de la emergencia porque un vecino la encontró desmayada y llamó a la ambulancia...
Fabiana ni siquiera quería imaginar qué habría pasado si aquel vecino no la veía.
Como estaba en una habitación estéril, el médico no le permitió quedarse mucho tiempo. Tras darle las indicaciones pertinentes, le recordó que debía conseguir el dinero lo antes posible. Una enfermedad de esa magnitud no daba tregua sin recursos financieros.
Sentada en una banca del pasillo, Fabiana sacó cuentas de los ahorros que había juntado en los últimos años. Aunque llevaba una vida extremadamente frugal y no tenía lujos, su sueldo base no era alto, por lo que a duras penas había juntado trescientos mil pesos.

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