Llegados a ese punto, si Fabiana seguía dudando, iba a parecer una tonta:
—Si de verdad lo dice en serio, entonces claro que sí, me encantaría considerar trabajar con ustedes. El único detalle es que necesito tiempo para tramitar mi salida formal del corporativo.
—No hay prisa, los tiempos los dicta usted.
—No sabe cuánto se lo agradezco —fue lo único que Fabiana logró articular para expresar la inmensa gratitud que la embargaba.
—No tiene que agradecerme, solo sigo órdenes —respondió Camilo, pero esta última frase la soltó con un marcado acento costeño que Fabiana no logró comprender del todo.
—Espero con ansias trabajar con usted.
—Igualmente.
Tras colgar, Camilo marcó otro número. Por la forma en que enderezó la espalda y su tono reverencial, era evidente que hablaba con alguien de muchísimo poder:
—Señor Tascón.
—¿Todo arreglado? —preguntó una voz profunda, fría e imponente al otro lado de la línea.
—Sí, jefe, todo está en orden —respondió Camilo con absoluto respeto.
A decir verdad, a Camilo le intimidaba su jefe. Dante Tascón no era un hombre mayor, pero su aura de poder era aplastante. Un tipo que controlaba el monopolio mundial de la biotecnología desde la cima de la pirámide no era alguien a quien pudieras mirar a los ojos fácilmente.
Sumado a eso, su estilo de liderazgo era implacable y despiadado. Como jamás se le había conocido un escándalo romántico, en la industria lo habían bautizado como el Rey Demonio Impasible. Si no hubiera sido por el asunto de la señorita Fabiana, Camilo jamás habría imaginado que su jefe tenía este lado humano.
—Dame el reporte detallado —ordenó Dante.
Mientras tanto, Fabiana guardó su celular y volvió a la oficina de Recursos Humanos.
La encargada, al verla regresar, asumió que Fabiana se había rendido y venía a firmar su carta de castigo. De inmediato, empezó a escupir veneno:
—Firma. Tienes treinta días para la entrega del cargo. Haz tus cuentas.
Fabiana ni parpadeó. Firmó el documento, le tomó una foto con el celular para tener un respaldo y salió de la oficina sin mirar atrás.
Al verla irse, la de Recursos Humanos siguió murmurando chismes con sus compañeras:
—Con lo gorda que está, seguro robó a manos llenas allá en la costa. Qué astuta, prefirió renunciar antes de que le hagamos una auditoría y termine en la cárcel.
La verdad era que, cuando escuchó la palabra renuncia, la mujer había pensado en llamar al presidente para confirmar.
Pero al ver que ya estaba aprobado, y recordando que el jefe había dado órdenes estrictas de procesar todo lo referente a Fabiana por la vía ordinaria sin que lo molestaran, se guardó el teléfono.
Aventó la hoja de Fabiana en una bandeja de pendientes y se olvidó del asunto por completo.
Ya que el proceso de renuncia estaba en marcha, Fabiana decidió que iba a cortar por lo sano. Si en el trabajo ya no quería tener nada que ver con Alexandro, en su vida personal sería igual.

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