La pálida luz del alba iluminó la humilde choza y también a la perla cubierta de polvo que sostenía entre sus brazos.
De cintura estrecha, piernas largas y una piel que, aunque no era de porcelana, irradiaba una innegable fuerza vital.-
Sonó el chasquido del encendedor.
—Cámbiate —dijo Joan, arrojándole una prenda cualquiera.
Cualquiera con ojos habría sabido lo que le esperaba a esa chica el día anterior, pero él no movió un dedo.
Una persona sensata jamás habría regresado a pedirle ayuda.
Y ella... lo había alcanzado corriendo.
Perla lo miró confundida. —¿En serio no me quieres?
Él resopló con ironía. —No me interesan las muñecas de barro.
Ella entendió el mensaje.
Le parecía sucia.
Volvió a insistir: —¿Y si me baño bien, me querrás?
La franqueza de esa chica y sus ojos que no veían la menor vergüenza en lo que decía, hicieron que las palabras murieran en la boca de Joan.
Solo reaccionó cuando el cigarrillo que sostenía le quemó los dedos.
Soltó una risita seca. —Depende de mi humor.
La tela de la ropa que le dio era suave y ligera, algo que Perla jamás había sentido. Sin dudarlo un segundo, se cambió frente a él.
¿Alguna vez han visto a un lobo del desierto?
La mirada que ella le clavaba era idéntica a la de un lobo hambriento frente a un pedazo de carne, aterrorizada de parpadear y que él desapareciera.
Joan se apoyó perezosamente contra el respaldo de la cama, exhalando humo. La neblina gris ocultó el frío escrutinio de sus ojos.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Perla Quintana —intentó interpretar el papel de la joven frágil que creía que él esperaba.
Sabía que Joan no era un tipo cualquiera. Tanto su ropa como su forma de hablar emanaban una riqueza y una autoridad que jamás había visto.
En su viaje, él rara vez había encontrado a alguien como Perla, que hablara el español con tanta fluidez.
—¿Cuántos años tienes?
Por miedo a que la viera muy joven, se apresuró a decir: —Cumpliré veinte pronto.
A partir de ahí, cruzarían el Desierto de la Soledad.
El agua valía oro.
Sin atreverse a terminarse la botella, solo dio unos tragos para humedecerse la garganta y guardó el resto por si acaso.
Joan cargó varios galones de gasolina. El jeep modificado iba repleto de provisiones, suficientes para que ambos comieran durante más de una semana.
Apenas el vehículo comenzó a salir del pueblo, Perla vio a lo lejos a varios hombres conocidos. Su mente se tensó como una cuerda a punto de romperse.
En un parpadeo, se acurrucó bajo la guantera y se tapó con su chaqueta. Su sorprendente flexibilidad dejó a Joan atónito.
Una sonrisa asomó en sus labios. —No te escondas. Jamás nos alcanzarán.
Al escucharlo, Perla asomó sus grandes ojos negros por debajo de la ropa. Al ver su total tranquilidad, dudó un momento antes de volver a sentarse.
Aun así, sus ojos seguían clavados en el espejo retrovisor.
Solo cuando confirmó que los aldeanos eran puntos diminutos en la distancia, su alma volvió al cuerpo.
Miró su reloj: ya había pasado la hora fijada por el Cacique. Sintió cómo un inmenso peso se desvanecía de sus hombros.
Sentada en el jeep, mirando esa inmensidad de arena de la que antes no había podido escapar ni caminando días enteros, no encontraba palabras para describir lo que sentía.

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