Sin embargo, un instante después, su instinto de supervivencia la hizo ponerse de pie.
Las ventanas del jeep apenas tenían polarizado y no se veían muchas provisiones adentro. Ese hombre tendría que abastecerse de comida.
Más adelante solo quedaba el Desierto de la Soledad, la zona deshabitada más grande del país.
Desierto, picos nevados y páramos...
Incluso manejando sin parar, le tomaría siete días y siete noches cruzar.
¡Perla apostaba su vida a que él pasaría la noche allí para prepararse!
El lugar no tenía posadas, solo un puñado de casas de adobe.
Fue buscando puerta por puerta.
¡Por fin!
En el patio de la casa más alejada, volvió a ver ese jeep cubierto de polvo.
El muro no era alto. Perla saltó con agilidad, miró a su alrededor alerta y se agazapó hacia la puerta principal de la casa.
Con su pequeña cuchilla, forzó la cerradura en segundos.
Al empujar la puerta, apretó la hoja metálica en su mano. Sentía el corazón latiéndole en la garganta.
Apenas dio un paso dentro, una ráfaga de movimiento la embistió. Unas manos fuertes apresaron las suyas y se las torcieron detrás de la espalda.
Una fuerza abrumadora la inmovilizó contra la pared.
Sus movimientos eran precisos, casi militares. Perla no tuvo ni el espacio ni la fuerza para resistirse.
Apresurada, intentó explicarse: —Cof, cof... No vengo a hacerte daño...
La voz le resultaba familiar. Joan buscó su encendedor. Con un clic metálico, la llama iluminó los aterrorizados ojos de Perla.
Él frunció el ceño, reconociendo a la muchacha que llevaba el pañuelo aquel mismo día.
Sintió que algo húmedo manchaba su propia palma.
Bajó la mirada hacia las frágiles muñecas que sujetaba. Estaban marcadas por sogas y cubiertas de cortes y rasguños.
Y esa humedad... era su sangre.
Joan la soltó, retrocedió un par de pasos y preguntó con frialdad: —¿Qué haces aquí?
No veía motivo alguno para volver a cruzarse con ella.
El sol estaba por salir y la desesperación de Perla llegaba a su límite. No estaba segura de si este hombre accedería a llevarla.
Después de todo, la había ignorado la primera vez.
Pese al miedo, decidió ir directo al grano.
Como alguien que se ahoga y se aferra a un tronco salvavidas, ella enredó los brazos alrededor de su cuello con todas sus fuerzas, apretando su cuerpo contra el de él, que solo llevaba una camiseta delgada.
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
—Te lo suplico... Eres mi única esperanza...
Al escuchar eso, la mirada del hombre vaciló.
Hubo un tiempo en el que escuchó palabras similares, pero su intento de rescate fracasó, dejándole una culpa con la que no podía cargar.
Un dolor sordo le atravesó el pecho.
Las manos que iban a empujarla terminaron aferrándose a su cintura.
Desde el lujo de la Capital hasta esa miseria en la Frontera Norte... Su corazón autoexiliado, tras meses a la deriva, de pronto encontró una extraña paz abrazando a aquella muchacha.
Ya que todos decían que era la única decepción de la familia Rosales...
Que se pudriera todo entonces.
Al sentir el calor ardiente de sus palmas en la cintura, Perla no supo si fueron sus palabras o su cuerpo lo que lo convenció.
¡Pero sabía que había ganado la apuesta!
Ese día, Joan se llevó a Perla, pero no tenía la menor intención de tocarla.

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