Cuando Cristhian estaba a punto de cerrar la puerta, sus movimientos se detuvieron levemente. Al ver que Simona se preparaba para irse, la llamó por instinto.
—Simona.
Ella ladeó la cabeza para mirarlo, con la mirada tranquila y con la paciencia típica de una hermana mayor.
—¿Qué pasa?
Creyendo que a Cristhian le faltaba algo, agregó:
—Los empleados ya te dejaron ropa limpia y artículos de aseo en tu cuarto.
Cristhian pasó saliva y, con un tono que pretendía sonar casual, preguntó:
—Ese Claudio Silva... ¿te está cortejando?
La pregunta fue tan repentina que el pasillo se sumió en el silencio por un instante.
Simona, apoyada en el marco de la puerta, pareció sorprendida por su franqueza.
—Sí —no lo negó, sino que sonrió levemente—. ¿Qué opinas de él?
Cristhian pudo notar en esos claros ojos almendrados que ella realmente estaba interesada en su opinión.
Esa confianza le provocó un pequeño dolor en el pecho, pero a la vez, una secreta alegría.
—Parece un buen tipo. Tiene buen carácter y es muy educado.
Mientras hablaba, su mirada se detuvo en los hombros de Simona, como si solo estuviera constatando un hecho.
Sin embargo, al pronunciar la siguiente frase, su voz bajó de volumen sin que él mismo se diera cuenta:
—Pero no es para ti, Simona.
Ella parpadeó, como si la respuesta hubiera despertado su interés.
—¿Por qué no?
Cristhian la miró fijamente.
—No es el momento adecuado.
Ese era su pensamiento más honesto. Claudio Silva había aparecido justo cuando Simona estaba a punto de divorciarse, sin siquiera darle tiempo para respirar.
Alguien tan perfecto, en todos los sentidos, solo terminaría siendo una carga para ella.
Simona estaba acostumbrada a digerir todas sus emociones en solitario. Si alguien de repente quería cargar con su peso, su primera reacción sería retroceder.
Él, en cambio, estaba dispuesto a esperar.
Esperaría hasta que ella realmente estuviera lista para mirar hacia el futuro.
Obviamente, Simona no se esperaba que dijera algo así.
—¿Que qué me importa? —El comentario pareció ser la gota que derramó el vaso para Owen, cuya voz subió de tono—. Simona sigue siendo mi esposa hasta que firmemos los papeles del divorcio. ¡No tiene ningún derecho a andar teniendo avances con otros hombres!
Al escuchar la respiración agitada al otro lado de la línea, a Cristhian le pareció hasta gracioso.
—¿Tengo que recordarte que su trámite de divorcio está a punto de concluir? —Su voz no era fuerte, pero cada palabra cayó como un balde de agua fría.
—¡Soy tu hermano!
Owen casi le gritó con los dientes apretados.
—¡Me están poniendo los cuernos! ¿En qué te beneficia eso a ti?
Los dedos de Cristhian se apretaron alrededor del teléfono. Esa irritación que había mantenido contenida en el pecho de pronto estalló.
Apretó la mandíbula y esperó unos segundos antes de responder con frialdad:
—¿Poniéndote los cuernos? Owen, pregúntate a ti mismo, ¿quién engañó a quién primero?
La línea se quedó en un silencio sepulcral.
Cristhian no le dio tiempo de replicar.
—En todos los años que llevan casados, ¿cuándo la pusiste en primer lugar? Y ahora que la estás perdiendo, te haces la víctima. ¿No te da asco tu propia actitud?
Sin esperar respuesta, colgó la llamada y arrojó el teléfono sobre la mesita de noche.

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