C90-ARQUITECTA INTACHABLE.
—Cariño... ¿Qué has firmado?
La pregunta flotó entre ellos, fría y cortante, contrastando con la calidez de la habitación. Aurora intentó hablar, pero su mente era un torbellino.
El mensaje de Eric sobre la discrepancia en los cálculos de carga estructural ahora cobraba un significado aterrador.
—Yo... revisé todo antes de firmar —logró decir finalmente—. Todo estaba correcto, Angelo. Lo juro por nuestra hija.
Él se pasó la mano por el rostro, frotándose los ojos cansados.
—Te creo, pero el jefe de obra dice que los inspectores del Ayuntamiento tienen copias diferentes a las nuestras.
—Eso es imposible —Aurora negó con la cabeza, sintiendo un nudo en el estómago—. Yo misma subí los archivos al portal de planificación urbana antes de que tomáramos el vuelo.
Angelo la miró fijamente y en su rostro había una profunda preocupación, pero no acusación.
—Te creo, amor… Pero alguien ha manipulado esos documentos digitales.
Aurora se quedó sin aire y Angelo se levantó de un salto, el aire gélido de las montañas de Colorado parecía filtrarse por las paredes de la cabaña, acentuando la gravedad de sus palabras.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó ella, abrazándose a sí misma—. Estamos a miles de kilómetros.
Angelo se detuvo y la miró con una intensidad que le erizó la piel.
—Primero, entender quién tiene el acceso y el motivo. ¿Quién más revisó esos cálculos? Piensa. Alguien tuvo que notar la brecha antes de que el servidor la bloqueara.
Aurora palideció. Pero entonces recordó el mensaje de Eric.
—Eric Jensen —susurró—. Él me envió un mensaje hoy. Habló de una discrepancia en los cálculos... pero no le di importancia. Pensé que era una tontería y no quería que te enojaras.
El rostro de Angelo se transformó, porque la mención de otro hombre detectando un error que ella, siendo tan meticulosa, había pasado por alto, encendió una chispa de sospecha y una tensión muscular evidente en sus hombros.
—¿Eric Jensen? —repitió y luego se acercó a ella—. ¿Desde cuándo lo conoces, Aurora?
—No lo conozco de mucho. Es el consultor de riesgos que asignó la aseguradora para la fase técnica. Nos cruzamos en un par de reuniones y parecía... eficiente. Nada más.
Angelo apretó la mandíbula, volviendo la vista hacia la ventana. Internamente, su mente de estratega empezó a conectar puntos que no le gustaban.
«¿Eficiente o demasiado oportuno?» pensó.
—Un consultor de riesgos que "juega" a ser ingeniero estructural —masculló dándose la vuelta—. Qué conveniente, ¿no?
El miedo se reflejó en los ojos de Aurora.
—¿Crees que alguien lo hizo a propósito para sabotearme?
—No lo sé —respondió él, ya junto a ella y besando sus nudillos—. Pero voy a averiguarlo, cueste lo que cueste.
La mañana llegó envuelta en un manto gris. Aurora apenas había dormido y Angelo ahora, preparaba el desayuno para Ángela en la inmaculada cocina de mármol, intentaba mantener una apariencia de normalidad.
—¿Puedo llevar mi casco a la obra hoy? —preguntó la chiquilla, mordisqueando una tostada con mermelada.
—Hoy no iremos a la obra, cariño —respondió Aurora, forzando una sonrisa mientras le servía jugo—. Tenemos que regresar.
Era su firma.
—Sí, es mi firma.
—¿Y avala estos cálculos de carga para la cimentación profunda?
Aurora estudió los números y sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—Estos no son mis cálculos —anunció—. Los coeficientes de seguridad están reducidos a la mitad. Esto es una locura, el edificio colapsaría.
—Los números están en el documento que usted firmó —respondió el inspector con frialdad británica.
—Yo no firmé estos cálculos —insistió Aurora, levantando la vista con fuego en los ojos—. Alguien ha inyectado datos falsos después de mi firma.
El oficial de policía, que había permanecido junto a la puerta, dio un paso adelante.
—Esa es una acusación muy seria, señora. ¿Está sugiriendo que hubo una brecha de seguridad en los servidores del Departamento de Edificación o en su propia empresa?
Angelo colocó su mano sobre la de Aurora, dándole calma.
—Lo que mi esposa está diciendo es que somos víctimas de un delito cibernético —su voz era calmada, pero con el filo de una navaja—. Así que solicito formalmente una auditoría forense digital de esos metadatos y para guardar mis espaldas, traeré a mis propios peritos informáticos.
El inspector mayor frunció el ceño, recuperando los documentos.
—Señor Russo, tiene derecho a hacerlo. Pero debo informarle que, hasta que esto se aclare, la obra queda clausurada indefinidamente.
—Prefiero una obra paralizada y perder millones a permitir una injusticia o poner vidas en riesgo —respondió Angelo, mirando directamente al inspector—. Además, mi esposa es una arquitecta intachable, no fue ella. Por lo que encontraremos al responsable, sea quien sea.

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