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¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO! romance Capítulo 68

C68-TIENES QUE LUCHAR POR PAPÁ.

—¡Angelo Russo! ¿De rodillas en la tierra? El mundo financiero no lo creería.

Angelo se giró y frente a él estaba una mujer alta, rubia, de rasgos perfectos, vestida con ropa deportiva que no parecía pensada para ensuciarse.

Era Valentina Sforza.

Y caminaba como si el parque fuera una pasarela. Sus ojos verdes se detuvieron primero en él, con interés abierto, y luego bajaron hasta Angela.

—Oh... —sonrió—. Qué cosita tan preciosa.

Se acercó y le pellizcó suavemente las mejillas. Angela frunció el ceño y dio un paso atrás, claramente molesta, pero Valentina no lo notó.

—¿Es tu sobrina?

Angelo se puso de pie y sonrió, sorprendido de verla.

—Valentina... —dijo—. Ha pasado tiempo.

No se veían desde un evento relacionado con los SEAL, años atrás. Ella era hija de un general y siempre se habían llevado bien. Se entendían y por supuesto se respetaban.

—Demasiado —respondió ella—. Pero mírate... —lo recorrió con la mirada—. Después de ver tu parte ruda, me encanta verte así. Humano.

La sonrisa de ella era clara y directa.

Angelo sonrió por reflejo, pero entonces notó la ceja alzada de su hija y la sonrisa se le borró al instante, carraspeó acomodándose la camiseta, incómodo.

—Es un día familiar —dijo—. De papá e hija.

Marcó las palabras y Valentina rió, sin detenerse.

—Claro, claro —dijo—. Por cierto, ¿Cómo va la nueva campaña de los complejos?

—¿Cómo sabes de eso? —preguntó él.

—¡Porque yo soy la imagen! —respondió, efusiva.

Angelo la miró sorprendido.

—¿Hablas en serio?

—Mi agente habló con Logan —explicó—. Últimamente todo se ha movido rápido.

—Tu carrera despegó —dijo Angelo—. Enhorabuena.

Valentina sonrió, satisfecha y luego miró a Angela otra vez. La niña estaba seria.

No sonreía.

Y tenía la mano bien agarrada a la de su papá.

Valentina entendió la señal.

—Bueno, debo irme —dijo—. Pero antes... —se inclinó y besó a Angelo en la mejilla—. No sé si tu secretario te dijo, pero hoy tenemos una cena de negocios. Ojalá podamos ponernos al día.

Se alejó dejando un rastro de perfume y Angela la miró irse y luego enfocó la mejilla de su papá. Sin decir nada, sacó un pañuelo de su bolsillo y se lo tendió.

—Toma, papi —dijo—. Límpiate.

Angelo la miró y sonrió, entendiendo de inmediato, por supuesto obedeció.

—Solo es una amiga, princesa —explicó.

Angela no respondió, solo apretó más fuerte su mano.

—Vámonos.

Ese día, aunque Angelo le explicó a su hija quién era Valentina, para Angela la rubia del parque era otra cosa.

Era un obstáculo.

Uno grande.

Aurora frunció el ceño, y de repente sus ojos se abrieron al recordar.

—Valentina Sforce —siseó entre dientes.

—¡Sí, ella! —exclamó Angela con entusiasmo—. ¡Así se llama!

Los celos escalaron como una fiebre.

Aurora conocía perfectamente a la mujer en cuestión. Valentina, quien según Angelo era solo una "amiga", ella nunca se había tragado ese cuento, siempre había notado el interés de ella en Angelo. Tal parece que los esqueletos estaban saliendo de sus armarios.

Mientras Aurora se perdía en sus pensamientos, la voz de Angela la trajo de vuelta a la realidad.

—Mami... tienes que hacer algo —dijo la niña con determinación—. Papá y tú... tienen que estar juntos de nuevo.

El impacto de esas palabras golpeó a Aurora como un rayo. Porque no esperaba que su hija fuera tan directa.

—¿Qué... qué dijiste? —balbuceó.

—Eso —repitió Angela con firmeza—. Que deseo que tú, papá y yo seamos una familia. Una familia de verdad.

Aurora se quedó sin palabras.

Su hija, con apenas ocho años, estaba intentando reunir a sus padres. Y lo peor es que no podía culparla, porque una parte de ella, esa que había intentado enterrar bajo capas de rencor y orgullo, también lo deseaba.

Pero eso no era posible.

—Angela, las cosas entre los adultos son complicadas —comenzó a explicar.

—¡Pero tú todavía lo quieres! —interrumpió la niña—. Te vi mirando su foto el otro día y él también te quiere. Lo sé.

Aurora cerró los ojos. ¿Era tan transparente que hasta su hija podía verlo?

—Escucha, cielo...

—Y ahora esa señora rubia quiere quitárnoslo —continuó Angela, su voz temblando ligeramente de enojo—. No podemos permitirlo, mami. Tienes que luchar por papá.

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