C65-UN SECRETO SUCIO.
Después de cenar, Angela habló con su mamá por teléfono sentada en un sillón enorme donde sus pies no tocaban el suelo. Aurora le repitió al menos diez veces que la llamara si algo pasaba, que no dudara, que a cualquier hora.
Su voz sonaba tensa, como si estuviera conteniendo el aire.
—Mami, estoy bien —dijo Angela, muy segura—. La casa de mi papi es muy grande... y huele rico y la abuela dice cosas chistosas.
Aurora cerró los ojos al otro lado de la línea y sonrió, por primera vez en horas.
—¿De verdad estás bien, amor?
—Sí —respondió ella—. William me prestó sus juguetes y mi papi me mostró mi nueva habitación. Me gusta aquí.
Aurora respiró hondo.
—Me alegra, mi vida —susurró—. Descansa. Te amo, ¿sí? Mamá te ama.
—Yo más, mami. Buenas noches.
Cuando colgó, Aurora se quedó mirando la pantalla unos segundos, con el corazón apretado, pero en paz.
Porque sabía que eso era lo correcto, aunque doliera.
En el ala oeste, Angelo había mandado preparar una suite para Angela. No era una habitación de invitados. Era un cuarto de ensueño. Había libros nuevos, muñecas, un dosel blanco sobre la cama y una consola nueva conectada a la televisión. William, feliz, le explicaba su videojuego favorito con emoción.
—Mira, aquí saltas —decía—. Y aquí corres más rápido.
Angela reía, sentada a su lado, con el control demasiado grande entre las manos.
Desde la puerta, Angelo los observaba, con una sonrisa tranquila, casi incrédula. Aún no terminaba de creerlo.
Tenía una hija.
Su hija.
Y era perfecta.
En ese momento sonó su teléfono, miró la pantalla y era algo urgente. Frunció el ceño, miró a Angela una vez más y se alejó para contestar, justo entonces William corrió por un juguete a su habitación y a unos pasos y escondida, Jimena no perdió tiempo.
No entendía todo, pero sabía que esa mujer estaba mintiendo.
—¡Mi mamá es buena! —exclamó—. ¡Y tú... tú eres una mujer fea y mala y tonta! ¡No sabes nada!
En este punto, los labios de la niña temblaban, pero se mantuvo erguida, aferrada a su peluche como a un escudo.
—No quiero que te acerques a mi hijo, ¿entiendes? —siseó Jimena, inclinándose hacia ella con los ojos llenos de rabia frustrada—. William es el único heredero legítimo de esta familia, y tú solo eres un accidente repulsivo. ¡Deberías estar en la calle, no aquí!
Una lágrima rodó por la mejilla de Angela, pero se la limpió con determinación, frunciendo el ceño como una niña valiente.
—¡Eso no es verdad! —respondió con firmeza infantil—. ¡Mi papá me quiere y mi mamá es la mejor!
—¡Pequeña insolente! Tú y tu madre deberían...
Entonces una voz rompió el aire.
—¿Por qué le dices eso?

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