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¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO! romance Capítulo 57

C57- SU PROMETIDO ESTABA MUERTO

Una tarde, cuando él pasó por ella en el auto para ir a una cena familiar, Mauricio ni siquiera la besó al verla. Bianca subió al coche con un vestido claro y las manos cruzadas sobre el regazo, intentando convencerse de que seguían siendo una pareja normal, de que la tensión de las últimas semanas era solo nervios antes de la boda, pero en cuanto él arrancó, sin mirarla siquiera, soltó la pregunta como quien pregunta por una receta o por una cuenta pendiente.

—¿Ya te tomaste la pastilla esa?

Bianca se quedó inmóvil, lo miró de perfil, confundida, y luego bajó la vista, con las mejillas encendidas.

—S... sí —mintió.

La verdad era que no había tenido valor para hacerlo. Primero porque, aunque aún no supiera si había pasado algo o no, en su cabeza ya existía la posibilidad de una vida. Y segundo porque no entendía por qué debía hacerlo. Se iban a casar. Iban a ser esposos. Si había un bebé, si de verdad lo había, no tenía por qué ser una tragedia. Quizá, incluso, todo sería distinto. Quizá Mauricio se ablandaría cuando viera a su hijo. Quizá algo en él se haría humano.

Pero qué ingenua había sido.

Mauricio la miró al fin, y esa mirada le heló la sangre.

No había alivio, no había ternura, no había nada bueno.

Entonces él estiró la mano, le agarró la mandíbula con fuerza y la obligó a mirarlo de frente.

—Bien —dijo con una media sonrisa torcida—. Y más te vale que se mantenga así durante nuestro matrimonio. No pienso embarazar a una zorra.

Bianca sintió que el mundo se detenía, abrió los labios, pero le costó un segundo encontrar la voz.

—¿C... cómo me llamaste?

Mauricio soltó una risa corta, seca, y la soltó de golpe.

—Lo que eres —dijo sin cambiar el tono—. Una zorra.

Luego retiró la mano, se acomodó en el asiento y siguió conduciendo como si no acabara de partirle algo por dentro.

Bianca se quedó mirándolo, pálida.

«Zorra.»

¿Por acostarse con él?

¿Por entregarse al hombre con el que se iba a casar?

¿Por confiar?

¿Por pensar que eso los iba a unir?

La vergüenza subió primero, luego la incredulidad, y después la rabia. Una rabia herida, temblorosa, todavía sin forma, entonces Mauricio aceleró más.

Bianca miró el velocímetro y luego volvió a verlo a él.

—Baja la velocidad —dijo, todavía aturdida—. Vas demasiado rápido.

Él giró apenas la cabeza para mirarla y, en vez de bajar, hundió más el pie en el acelerador.

—No me digas qué hacer, puta.

La palabra le explotó en los oídos y ahí Bianca también explotó.

—¡¿Cuál es tu problema?! —soltó, con la voz rota entre rabia y humillación—. ¡¿Por qué me tratas así?! ¡¿Qué hice mal?! ¡¿Tener sexo con el hombre que se va a casar conmigo?! ¡¿Por eso soy una zorra?! ¡Tú estuviste de acuerdo! ¡Tú no me detuviste! ¡Tú me... me...!

Se atragantó con sus propias palabras porque de pronto se sentía sucia, confundida, expuesta, como si ni siquiera supiera cómo nombrar lo que había pasado entre ellos.

—¡Tú querías eso tanto como yo! —terminó soltando—. ¡¿Entonces por qué me odias?!

Mauricio apretó el volante y por primera vez Bianca vio algo en su cara que no era solo frialdad.

Era rencor, un rencor enfermo. Algo que no nacía de ella, sino de otra parte, de otro nombre, de otra herida que él no podía soportar. Porque para Mauricio, aunque Bianca no lo supiera, lo imperdonable no era el sexo, no era la boda, no era el escándalo.

—¿Y sabes qué? —dijo él, con los ojos encendidos por algo casi salvaje—. Te voy a sacar de tu dulce mundo, de tu agonía, de esa carita de niña buena. Esa noche, tú... tú te...

No terminó la frase, porque Bianca miró al frente y vio las luces. Un auto venía demasiado cerca.

—¡Mauricio, cuidado!

Él reaccionó tarde, giró el volante con violencia y el coche invadió el carril, rozó el borde de la carretera y se descontroló. Las ruedas chillaron, el auto dio un giro seco, luego otro. Bianca sintió que el cuerpo se le iba hacia un lado, el cinturón le cortó el pecho, el vidrio estalló, y todo se volvió ruido, metal, golpes, un mareo brutal de luces y sombras.

Mauricio intentó enderezarlo, pero ya era tarde. El coche salió de la carretera, chocó contra la valla de contención, la rompió a medias y terminó estrellándose de frente contra el tronco grueso de un roble al borde del barranco.

El impacto fue brutal.

La cabeza de Mauricio golpeó el volante con una fuerza terrible, el airbag se abrió demasiado tarde, el parabrisas estalló y Bianca salió despedida contra el costado, sintió un dolor insoportable en la pierna, otro en el costado y luego un golpe seco en la cabeza.

Después, solo hubo silencio.

Un silencio raro.

El tipo de silencio que llega cuando todavía hay algo sonando a lo lejos, pero el cuerpo ya no puede entenderlo bien, Bianca abrió los ojos a medias.

Tenía sangre en la frente, le costaba respirar, mientras el sabor metálico le llenaba la boca. Intentó moverse y el dolor en la pierna la hizo ahogar un gemido, giró la cabeza y vio a Mauricio inclinado hacia adelante, inmóvil, con sangre corriéndole por la sien y el pecho hundido contra el volante.

—Mauricio... —susurró.

No respondió.

—¡Mauricio!

Nada.

Entonces entendió…. Su prometido estaba muerto.

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