C52-NO TE QUIERO EN MI VIDA.
Aurora respondió al beso con igual ferocidad, sus labios devorando los de él como si el tiempo no hubiera pasado y mientras lo besaba, clavó las uñas en su espalda a través del polo negro, recordando en un arrebato cómo sus cuerpos se habían fusionado en noches pasadas, dejando marcas que duraban días.
Y movida por esa imagen, lo empujó hacia el carrito de golf estacionado en el borde del campo de prácticas, donde el vehículo ofrecía una barrera mínima contra las miradas curiosas bajo el sol del mediodía. Angelo dejó que lo dominara por un segundo, disfrutando la sorpresa de su fuego renovado, pero luego invirtió las tornas, girándola hasta que fue ella la que quedó presionada contra el carrito, una de sus manos capturó sus muñecas por encima de su cabeza mientras la otra exploraba su cuerpo con audacia, bajando por su costado para apretar su cadera y luego subir bajo la tela de su conjunto deportivo, rozando la piel caliente de su vientre que la hizo arquearse contra él.
—Te amo, Aurora, joder, te amo tanto que duele —murmuró él contra su boca durante el beso—. Te extraño en mis sábanas, en mi piel, en cada maldito aliento que tomo sin ti.
Esas palabras la golpearon directo en el pecho, derritiéndola por dentro como cera caliente, su cuerpo respondió con un temblor incontrolable que la hizo apretarse más contra él, mientras el calor entre sus muslos se convertía en un pulso desesperado.
Pero de repente, la realidad la golpeó como un balde de agua fría: estaban en un campo de golf público, con gente a lo lejos practicando swings y el sol iluminando todo, y además, ella lo odiaba, o al menos eso se repetía para no caer de nuevo en su red.
Con un esfuerzo sobrehumano, lo apartó.
—Basta. No voy a dejar que... que me uses a tu conveniencia —espetó, ajustándose la ropa con manos temblorosas, el rostro enrojecido y antes de girarse y alejarse a paso rápido, dejando a Angelo jadeante contra el carrito.
Aurora corrió hacia el estacionamiento del club, su mente era un torbellino de rabia y deseo. Llegó a su auto y metió la mano en su bolsillo para sacar las llaves, pero antes de que pudiera abrir la puerta, Angelo apareció bloqueando el camino, jadeante por la carrera pero con esa determinación férrea en los ojos que la hacía dudar.
—No tan rápido —dijo, plantando una mano en la puerta para impedir que la abriera.
Ella se giró hacia él, con el pecho subiendo y bajando y la frustración convirtiéndose en una explosión de palabras que había guardado por años.
—¿Qué demonios quieres ahora, Angelo? ¡Basta de seguirme! —gritó—. Deja de pretender que tendremos algo, porque no lo tendremos. Incluso si te deshaces de todos mis pretendientes, uno por uno, yo no volveré contigo. ¡Nunca! ¿Entiendes? Estás loco si crees que puedes irrumpir en mi vida y reclamarme como si nada hubiera pasado.
Esas palabras lo golpearon como un puñetazo en el estómago.
—Aurora...
—No —repitió ella—. No va a pasar, no voy a volver contigo, por la simple razón de que... de que quiero dejarte atrás. Y sí, me... me excité y... y te deseo... ¿pero qué es eso? Simple atracción carnal, Angelo. Y para que sepas que se puede satisfacer con cualquiera, así que... no eres tan indispensable.
Cada palabra fue un golpe preciso, que hizo que Angelo se quedara inmóvil, entonces pensó en Mike y en todas las respuestas que necesitaba para entender.
Apretó las manos deseando confrontarla allí mismo, exigirle la verdad, pero se contuvo, porque primero quería averiguar los hechos, no arruinarlo todo con una explosión emocional.
—Está bien, Aurora. Lo aceptaré... por hoy —dijo, mientras retrocedía un paso, pero con sus ojos clavados en los de ella con una intensidad que decía que no se rendiría—. Pero recuerda esto: yo no me rindo tan fácil con lo que quiero... y para tu mala suerte... te quiero a ti.
Se giró y se alejó dejando un vacío cargado de tensión en el aire, mientras Aurora se apoyaba contra el auto, jadeando con fuerza, insatisfecha y más excitada que nunca, aún con el calor pulsante entre las piernas, maldiciéndolo en silencio porque sus palabras solo la habían encendido aún más, anhelando lo que acababa de rechazar.
Abrió la puerta del auto y se dejó caer en el asiento, de repente, algo captó su atención en el parabrisas: era un sobre blanco pegado con cinta adhesiva.
Frunció el ceño y salió del auto.
—¿Qué es esto? —murmuró tomándolo y girando la cabeza para mirar alrededor, pero el estacionamiento estaba desierto.

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