C2- ENVÍALA AL EXTERIOR.
—¡Abuela, quiero el divorcio!
La voz de Angelo sonó fría, cortante, y ya se estaba dando la vuelta cuando Adelina lo sujetó del brazo con fuerza inesperada.
—¿Qué tonterías dices? —le espetó—. Le prometí a los padres de Aurora que la cuidaría bien. Apenas llevan meses casados y ella... —titubeó— ella solo tiene dieciocho años, Angelo, todavía es inmadura.
Él se giró de golpe.
—¿Inmadura? —repitió, apretando los puños—. ¿Y eso justifica lo que hizo?
Sus ojos se endurecieron con una luz helada cruzándolos.
—Es probable que el hijo de mi hermano se muera —continuó—. ¿Y pretendes que actúe como si nada? ¿Acaso no te importa? ¡¿Es más importante esa huérfana?!
La bofetada llegó sin aviso, pero Angelo apenas parpadeó y su indiferencia no hizo más que aumentar.
—Yo no quería casarme con ella. ¡Tú me obligaste! Así que no me pidas que la entienda ni que la comprenda. Porque en lo que a mí respecta, voy a divorciarme.
La furia lo consumía.
Porque si había un punto débil en Angelo Russo, era su hermano mayor, Alan, que llevaba meses en coma tras un accidente de auto. Aquella había sido la primera noticia que recibió al regresar de una misión encubierta en el extranjero, tras semanas sin contacto, tras pedir un permiso especial que aún le pesaba en los huesos.
Adelina lo miró largo rato, como si buscara al niño que había criado y luego se giró, apoyándose en su bastón.
—Sí, te obligué —admitió—. Porque sé que es lo mejor para ti.
Volvió a enfrentarlo, esta vez firme.
—Ella puede hacerte feliz, Angelo. Y tú puedes hacerla feliz a ella, solo tienes que...
—Me casé para complacerte —la interrumpió—. Pensé que podría tener al menos un matrimonio estable. Pero Aurora es celosa, posesiva, altanera... y después de esto, ya no puedo. No puedo aceptar a una esposa así.
Adelina apretó el bastón, deseando poder sacudirlo hasta hacerlo entrar en razón, pero su nieto era testarudo.
—Bien —dijo al fin—. Si no quieres verla, no hay problema, no dejaré que la veas.
Angelo frunció el ceño.
—¿Qué vas a hacer?
—La enviaré al extranjero y la mantendré alejada de ti. ¿De acuerdo?
Él tardó unos segundos en procesarlo.
—¿Al extranjero?
—Sí. Aurora quería estudiar arquitectura —respondió Adelina—. Es una buena ocasión. Puede terminar su carrera, madurar... creo que un poco de distancia les hará bien.
Angelo bufó.
—¿No te das por vencida, verdad?
—Hice una promesa —replicó ella— y voy a cumplirla. Y sigo creyendo que tú y Aurora están hechos el uno para el otro. Solo es cuestión de tiempo para que lo veas.
Él negó despacio, sabía que su abuela no cambiaría de opinión ni en mil años.
—Bien —dijo, cansado y queriendo zanjar el tema—. Haz lo que quieras.
Arriba, Aurora retrocedió en silencio y corrió a su habitación. Cerró la puerta y, en cuanto el pestillo encajó, las fuerzas la abandonaron. Se dejó caer al suelo y las lágrimas, contenidas durante horas por fin brotaron.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO!