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¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO! romance Capítulo 116

C116-VEN A RECLAMAR LO QUE ES TUYO

La luz del amanecer se coló por las persianas de la habitación, pintando franjas doradas sobre el suelo. Y en ese momento, Angela fue la primera en despertar por completo; la sedación había pasado y con ella, la niebla.

Parpadeó, orientándose.

Ahora el dolor era solo un leve recordatorio y entonces los vio.

En el pequeño sofá, casi fusionados en uno y bajo una manta arrugada, estaban sus padres. Su mamá dormía recostada sobre el pecho de su papá, y el brazo de él la rodeaba con firmeza, incluso en el sueño.

Una sonrisa lenta, enorme, iluminó el rostro pálido de la niña.

«¡Mis papis están juntos de nuevo! ¡Yeiiii!», pensó, y una paz dulce le llenó el pecho.

Aurora despertó primero, con esa extraña sensación de estar siendo observada. Abrió los ojos y se encontró con la sonrisa radiante de Angela. Un segundo después, el movimiento la despertó a Angelo: él parpadeó, confundido, y luego un gemido teatral escapó de sus labios.

—Ay, mi espalda —murmuró, tratando de estirarse en el espacio reducido—. Creo que me convertí en un pretzel.

Aurora no pudo evitar reír. Se incorporó un poco, sintiendo cada músculo adolorido.

—Te lo dije, este sofá es una tortura medieval —dijo, frotándose el cuello.

—Sí, pero fue la mejor tortura de mi vida —respondió él, su voz aún ronca por el sueño, y le lanzó una mirada tan llena de amor que a Aurora se le cortó la respiración.

Luego, la realidad física hizo acto de presencia y Angelo puso una mano dramática sobre su bajo vientre.

—Cielos, Aurora. Necesito… una expedición urgente al baño. Si no voy ahora, voy a necesitar que me den de alta a mí también, por explosión de vejiga. —Se incorporó con cuidado, haciendo muecas exageradas que hicieron reír a Angela.

—Qué divertido eres, papi.

Angelo se dio cuenta de que estaba despierta y sonrió, guiñándole un ojo.

—Buenos días, princesa hermosa. Papá te ama, pero la naturaleza es una tirana despiadada.

Aurora se rió, sacudiendo la cabeza, y miró a su hija con complicidad.

—Hombres —dijo, en un tono que era puro afecto.

—¡Exacto! ¡Y uno muy necesitado! —gritó Angelo desde casi la puerta, saliendo con paso rápido pero alegre.

***

Una hora después, el ambiente había cambiado por completo. Angela estaba sentada en la cama, ya cepillada y peinada por las manos expertas y tiernas de su madre, con un poco más de color en las mejillas.

Aurora le ajustaba su pijama de princesas cuando la niña, mirando a su madre a los ojos, habló con una seriedad conmovedora.

—Estoy feliz, mami. La abuela en el cielo me escuchó.

El aire se suspendió por un segundo y Aurora sintió la mirada de Angelo clavarse en ella. Pero no hubo tensión, solo un espacio nuevo, abierto. Con una suavidad que le nació del alma, acarició el pelo de su hija.

Su mirada no era la de un padre cansado, ni la de un hombre preocupado. Era una mirada oscura, intensa, cargada de un deseo puro y candente que le recorrió el cuerpo como una descarga. La recorrió de la cabeza a los pies, lentamente, deteniéndose en cada detalle, y luego clavándose de nuevo en sus ojos.

—Dios, Aurora —ronroneó—. No sé qué le hizo a ese vestido el sol, o el aire, o qué… pero te ves tan sexy que debería ser ilegal.

Aurora no bajó la mirada. Una chispa de provocación brilló en sus ojos. Se reclinó un poco en el sillón, un movimiento calculadamente despreocupado.

—¿Ilegal? —preguntó ella, alzando una ceja con fingida inocencia, pero ya con el cuerpo llamándolo—. Pensé que te gustaban las cosas… prohibidas.

Eso fue todo lo que Angelo necesitó. En dos pasos, la giró y se inclinó hacia ella, posando las manos con firmeza en los brazos del sillón, atrapándola. Su rostro estaba a solo centímetros del de ella y podía sentir el calor de su cuerpo, oler su perfume ligero y la esencia de él mismo.

—Lo que me gusta —susurró, casi acariciando sus labios— es lo que ese vestido esconde. Y la idea de que ha pasado casi un mes desde la última vez que te tuve temblando bajo mí. Un mes es demasiado tiempo, Aurora. Demasiado tiempo para recordar cada sonido que haces, cada suspiro, sin poder provocarlos.

Aurora lo escuchó, y el deseo, contenido y potente, estalló dentro de ella como una flor de fuego.

No dijo nada.

Actuó.

Con un movimiento deliberado apoyó la espalda en el respaldo del sillón, reclinándolo un poco más y luego, manteniendo la mirada clavada en la de él, abrió las piernas y subió lentamente.

El vestido se deslizó sobre sus muslos, revelando un atisbo de piel, y su voz era un hilo de seda cargado de seducción.

—Entonces deja de recordar —ordenó—. Y ven a reclamar lo que es tuyo.

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