Después de que Enrique se marchó, Renata siguió acostada en el sofá, frágil e inmóvil.
No era que no quisiera levantarse, es que su cuerpo le dolía demasiado. Sentía como si le hubiera pasado un camión por encima; no podía moverse en lo absoluto, cada pequeño intento le provocaba punzadas de dolor insoportables.
Renata lloraba en silencio por la agonía. Sus dedos temblorosos se aferraban a la manta con tanta fuerza que los nudillos se le ponían morados.
¡Se juró a sí misma que nunca olvidaría el dolor de esa noche!
Esa madrugada, la nieve caía afuera de la ventana. Al tocar el suelo, se derretía y se convertía en agua helada al instante, como las lágrimas de un amante abandonado, cargadas de desolación.
...
A la mañana siguiente.
Inés subió a hacer la limpieza y fue entonces cuando encontró a Renata.
Su cuerpo ardía con un rubor febril anormal, y daba mucha lástima verla así.
Inés soltó un grito de susto, soltó el paño que llevaba en las manos y corrió hacia el sofá. Se inclinó y le tocó la frente con la mano.
Efectivamente, ardía en fiebre. Tenía que llevarla al hospital de inmediato.
—Señorita Yepes, señorita Yepes... despierte, tiene fiebre. La voy a llevar al hospital.
Renata abrió los ojos débilmente, su garganta estaba tan seca y adolorida que no pudo articular palabra.
—¡Ay, el señor Enrique de verdad no tiene consideración! ¿Acaso anoche cuando regresó no se dio cuenta de que estaba enferma? ¡Y dejarla dormir en el estudio!
Inés seguía refunfuñando mientras la ayudaba a sentarse.
Con el movimiento, la pequeña manta se deslizó y cayó al suelo...
Al ver las marcas amoratadas en su cuerpo,
El rostro de Inés cambió de color, dándose cuenta al instante de lo que había pasado.
—¡Dios santo, esto es...!
Los labios de Inés temblaron mientras le dirigía una mirada llena de compasión.
Renata solo cerró los ojos, tragando saliva con dificultad, sintiendo una humillación aplastante...
A Inés se le llenaron los ojos de lágrimas, la injusticia le hervía en el pecho. Sostuvo a la chica con un brazo y, con la otra mano, sacó su celular para llamar a Enrique Yáñez.
¿Acaso no se daba cuenta de cómo había dejado a la pobre muchacha?
¿Ese hombre no tenía corazón?
...
El teléfono sonó un par de segundos y luego la llamada fue rechazada automáticamente.
Inés sintió que se ahogaba de coraje.
Volvió a marcar.
Renata veía todo desde el sofá. Su corazón ya estaba tan frío y entumecido que no sentía nada. Extendió su mano, tomó a la mujer por la muñeca para detenerla y le dijo con voz amarga: —Inés, no le marques más. Enrique se fue a acompañar a Ximena Zapata...
Anoche, cuando él contestó la llamada, ella lo había escuchado todo.
Inés se quedó congelada por un segundo y luego se quedó sin palabras por la indignación. ¡Dejar a su novia en ese estado para irse a consolar a otra mujer, vaya descaro!
—¡El señor Enrique se va a arrepentir de esto! —dijo Inés furiosa.
Renata esbozó una sonrisa llena de amargura.
Inés bajó el celular, la ayudó a levantarse y la envolvió bien con la manta. Luego, con tono maternal, le dijo: —Ahorita mismo te llevo al hospital...
Renata, pálida como un fantasma, negó con la cabeza. —No, Inés. En la mañana tengo que ir al Consorcio Cisneros a presentar mi proyecto de diseño. La cita es a las once, faltan tres horas. No puedo faltar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE