Chela Montes había escuchado a su hija hablar de ese celular. Era un modelo carísimo, de última generación.
¡Por eso lo tomó sin pensarlo dos veces!
Las miradas de todos se cruzaron y el aire pareció congelarse por un segundo.
Todos parecían preguntarse lo mismo: ¿Qué demonios hacía esa mujer ahí?
Juan Montes, el esposo de Chela, era un cobarde empedernido. Al ver la situación, encogió los hombros y salió corriendo hacia su casa a toda prisa.
¡¿La estaba abandonando para salvar su propio pellejo?!
Chela miró su espalda alejarse, estupefacta, y rugió: —¡Juan Montes, eres un bueno para nada! ¡¿Acaso no eres un hombre?! ¡Vuelve aquí, cobarde!
Ese grito sacó a don Hipólito de su asombro.
El anciano apretó los puños, temblando de rabia, y avanzó hacia ella.
—¡Graciela Montes! ¡No tienes vergüenza ni límites! ¡¿Cómo te atreves a meterte a mi casa a robar mis cosas?!
Manuel Lira y otros vecinos que pasaban por el camino para pedir algo prestado abrieron los ojos de par en par, sin poder dar crédito a lo que veían.
—Chela, todos sabíamos que eras una arpía conflictiva y problemática —dijo Manuel, negando con la cabeza—. ¡Pero nunca imaginé que te atreverías a meterte a plena luz del día a robarle a don Hipólito! ¡Ya perdiste la cabeza!
El pánico se apoderó de Chela. Rápidamente arrojó las cosas al suelo y recurrió a lo que mejor sabía hacer: armar un escándalo para confundir a los demás.
Levantó la barbilla, tensó el cuello y comenzó a balbucear excusas.
—¡Yo no hice nada! ¡¿Qué te hace pensar que estaba robando?! ¡Te lo advierto, Manuel Lira, no me difames!
Don Hipólito, furioso, señaló los objetos en el suelo. —¡Te atrapamos con las manos en la masa! ¡Y todavía tienes el descaro de negarlo!

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