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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 884

Esa fotografía había sido tomada mientras Elena jugaba a armar bloques con Sofía.

Además de darles la gran noticia, Elena le entregó un jugoso bono especial en efectivo a cada uno de los empleados.

Con los bonos en mano, el personal, lleno de alegría, comenzó de inmediato los preparativos para darle la bienvenida a la pequeña señorita de la casa.

Cuando Nerea regresó al hospital, reunió a todos y les explicó la verdadera identidad de Sofía, además de mencionar la invitación que tenían para visitar a la familia Valente al día siguiente.

Sofía ladeó su cabecita y, con sus grandes ojos brillantes llenos de inocencia, preguntó:

—Mami... ¿eso significa que ahora tengo dos abuelos y dos abuelas?

Nerea asintió con una sonrisa tierna.

Emilio, a su lado, suspiró.

—Ay, hermanita, ¡qué envidia me das!

Sofía abrió sus bracitos y abrazó a Emilio con fuerza.

—No te pongas triste, hermano. A partir de hoy, mis abuelitos también son tus abuelitos. ¡Así tú también tienes dos de cada uno!

Nerea miró a Emilio con ternura.

—¿Te gustaría acompañar a tu hermanita a la casa de sus abuelos mañana?

Sofía jaló del brazo a Emilio con insistencia.

—¡Sí, hermano, tienes que venir! ¡Por favor! Si vienes, podremos jugar juntos todo el día.

Emilio asintió emocionado.

Como el yerno dedicado que era, Álvaro se quedaría a pasar la noche cuidando a las ancianas, y Kevin Rojas decidió quedarse con él para hacerle compañía.

Nerea y Leonardo Rojas, junto con los niños, regresaron al hotel.

Después de bañarse y ponerse cómodos, Leonardo se llevó a Emilio al cuarto de lavado.

Emilio se encargaría de lavar su propia ropa, mientras que Leonardo lavaba la de Sofía. Por su parte, Nerea se quedó en la habitación contándole un cuento a la niña hasta que se quedó profundamente dormida.

En el cuarto de lavado, Emilio frunció el ceño, confundido.

—Tío, ¿por qué tenemos que lavar esto nosotros mismos? El tío Kevin me dijo que el hotel tiene servicio de lavandería y que, si ya pagamos por eso, deberíamos dejar que lo hagan. Si no, ¡los empleados se quedarían sin trabajo y no podemos permitir eso!

Leonardo soltó una carcajada suave.

—Tu tío Kevin tiene un buen punto. Pero la ropa interior siempre debe lavarse a mano y por uno mismo. Es una regla básica.

—Ah... —murmuró Emilio, asintiendo pensativo.

Leonardo frotó con cuidado los pequeños calcetines de Sofía y le dio una lección de vida:

—Emilio, cuando crezcas, te cases y tengas hijos, no solo vas a tener que lavar tus propios calcetines, sino también los de tu esposa y los de tus hijos. ¿Me entiendes?

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