Doña Salomé adoraba a Emilio más que a nada en el mundo.
Al ver que Renata intentaba golpearlo.
Ella y Doña Belén gritaron al unísono, sacando fuerzas de donde no tenían:
—¡No te atrevas! ¡Déjalo!
El propio Emilio odiaba que hablaran de sus padres.
Se giró lleno de furia, apretó los puños y le asestó un golpe directo al estómago a la mujer.
Renata soltó un alarido de agonía. Sintió como si aquel niño le hubiera destrozado los órganos internos; un dolor desgarrador la dobló por la mitad.
Y su bofetada jamás llegó a su destino, pues Kevin Rojas había llegado justo a tiempo, atrapándole la muñeca con tanta fuerza que parecía estar a punto de rompérsela.
Con el rostro contorsionado, ella siseó entre dientes:
—¡Suéltame!
Los ojos de Kevin ardían de furia.
—¡Discúlpate!
—¡Ustedes son los que deben disculparse! —chilló—. ¡Ese salvaje fue el que me atacó!
Los de seguridad reaccionaron e intentaron intervenir.
Kevin, recordando que las ancianas seguían en el suelo, empujó a Renata hacia ellos con brusquedad.
—¡Rápido, llamen a la policía! —exclamó el gerente.
Kevin se agachó apresuradamente junto a las ancianas. Con el rostro sombrío y lleno de preocupación, preguntó:
—Abuelas, ¿están bien?
Doña Salomé hizo una mueca de dolor.
—¿Tengo cara de estar bien? No me puedo levantar, me duele la rodilla.
Luego, miró a su amiga.
—Belén, ¿dónde te lastimaste?
Doña Belén inhaló con fuerza, su voz apenas era un susurro ronco.
—El coxis... creo que me lo fracturé.
Sofía se arrodilló junto a Doña Salomé y le acercó su helado.
—Bisabuela, come un poquito, así ya no te dolerá.
Doña Salomé le acarició la cabecita con ternura.


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