Valentina era la principal sospechosa.
Nerea le preguntó al mayordomo:
—¿Cualquiera puede entrar a los despachos de mis tíos? ¿No tienen alarma?
No tenía sentido, siendo lugares con documentos tan delicados.
El mayordomo estaba muy confundido.
—Claro que tienen alarma. De hecho, no entiendo cómo pudo entrar la señorita Valentina sin que sonara. De haber sonado, yo me hubiera enterado de inmediato.
Y Moisés, por inocente, ni siquiera pensó en ese detalle.
Valentina lo había manipulado emocionalmente y se lo quitó de encima con dos palabras.
—Alguien tuvo que haberla ayudado de forma remota para hackear la red de la casa. No actuó sola —dedujo Nerea.
—Nerea, tú le sabes mucho a las computadoras, ¿por qué no lo checas? —sugirió Álvaro.
El mayordomo asintió, dándole la razón.
—No. —Nerea negó con la cabeza y mantuvo una calma absoluta—. Que lo revisen los peritos. Si se llevaron a mis tíos, es casi seguro que Valentina tiene algo que ver en esto.
—¡Ay, Dios mío! —se lamentó el mayordomo—. ¿Cómo pudo la señorita Valentina hacernos algo así?
Contactaron de inmediato a la policía y a los investigadores.
Con las placas del coche que proporcionó la familia, la policía rastreó la ruta.
Pronto descubrieron que Valentina había manejado hasta el aeropuerto; su coche seguía abandonado en el estacionamiento.
Y ella... ¡había tomado un vuelo en la madrugada y se había fugado!
Esto solo confirmaba las sospechas de Nerea.
Ya que Valentina había huido, Nerea recordó al abogado con el que se estaba metiendo en el coche.
Le pasó el dato de inmediato a la policía.
Al rato, llegó el equipo de Asuntos Internos, liderado nuevamente por Alejandra.
Nerea pidió que les sirvieran café.
—No es necesario —respondió Alejandra con voz cortante.
Nerea sonrió con ironía.
—Un café no cuenta como soborno, ¿o sí? Si tú no quieres, mínimo tus compañeros han de tener sed.
Los agentes que venían con ella sintieron la tensión en el aire, se hicieron los desentendidos y se enfocaron en su trabajo.
Después de que los peritos terminaron, el equipo de Alejandra entró a revisar el despacho.
Nerea y el mayordomo seguían afuera.
Justo cuando los agentes iban de salida, llegó el chofer que había ido a recoger a Moisés a la escuela.
Tanto la policía como los investigadores lo interrogaron ahí mismo.
Cuando por fin se fueron todos, Moisés se acercó a Nerea, pálido como un fantasma.
Sentía que la había regado en grande. Bajó la cabeza y murmuró:
—Nerea, ¿mi tío y mi papá van a estar bien?
Nerea lo miró de reojo, sin ninguna intención de consolarlo.
—Ponte a rezar.
El muchacho nunca había pasado por un problema tan grave, se espantaba con facilidad. Al levantar la mirada, tenía los ojos rojos, a punto de llorar.
—Yo no sabía que Valentina andaba en malos pasos. ¡¿Cómo pudo mentirme así?! —Moisés apretó los puños, lleno de rabia.
—Porque eres... —Nerea lo miró, a punto de decirle sus verdades, pero se contuvo y cambió sus palabras—. Porque eres demasiado inocente y fácil de engañar.

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