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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 744

La enfermera se movió con rapidez y le sirvió una taza de té a Alexander. —La señora sigue igual, sin mucha mejoría, pero no se preocupe, señor Encinas, yo me encargo de cuidarla muy bien.

Mientras hablaba, también les ofreció té a Felipe y a Álvaro.

Ninguno de los tres hermanos tocó las tazas.

—Cuéntanos, ¿cómo es tu rutina para cuidarla? —preguntó Felipe con expresión indescifrable.

La mujer pensó que solo era una inspección sorpresa de sus jefes.

Como la anciana no podía hablar, ella podía inventarse la historia que quisiera.

Empezó a enlistar todo lo que hacía desde la mañana hasta la noche:

—...y todas las noches antes de dormir, le limpio el cuerpo con una esponja, le lavo la cara y los pies, le pongo su pijama, le aplico crema hidratante y le doy un masaje...

Álvaro se acordó de lo que había visto en el video.

Sí, claro que le ponía crema hidratante, pero casi toda se la untaba en su propia cara y lo que sobraba se lo embarraba a la anciana.

Y ni hablar de la comida buena que mandaban todos los días desde la casa: el caldo de pollo con ginseng, la sopa de pescado fresco...

Todo eso iba a parar al estómago de la enfermera.

Con razón se veía tan repuesta y con tan buen color.

Por supuesto, todo eso lo descubrieron al revisar las grabaciones de los días anteriores en el hospital.

Y eso que solo habían visto algunas partes por encimita.

Pero fue suficiente para encontrar demasiadas escenas indignantes.

Después de echarse flores, la enfermera agregó: —Como la señora sufrió un derrame, a veces se pone de mal humor y se desespera. Pero no se preocupen, yo soy una profesional. Siempre trato de platicar con ella para que se relaje y coopere con los doctores.

Era imposible que hubieran visto algo.

Seguro solo querían asustarla.

Pero ni siquiera se puso a pensar por qué los tres hermanos querrían asustarla de la nada.

Haciéndose la ofendida, se puso al brinco: —A ver, señores, ¿qué me están tratando de decir? Si no confían en mí, pues renuncio y ya. Búsquense a alguien mejor.

—No creo que vayan a encontrar a alguien tan tolerante y trabajadora como yo, con el genio que se carga su madre.

—Yo seré una simple enfermera, pero tengo dignidad. Que duden de mí es un insulto a mi persona. ¡Ya no trabajo más para ustedes!

Se quitó el gafete de un tirón y lo aventó al piso, portándose más prepotente que sus propios jefes.

Felipe habló con voz de hielo: —Tú no vas a renunciar, nosotros te estamos despidiendo. Además, nos vas a acompañar a la delegación para dar tu declaración por maltrato a un paciente.

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