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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 743

Kevin jamás se imaginó que Nerea le colgaría el teléfono de tajo.

Ahora sí se puso a llorar de verdad, y el dolor de estómago se le hizo más fuerte.

Emilio sabía perfectamente que a su tío le gustaba la doctora.

La verdad, a él también le caía muy bien y no le habría molestado que fuera su tía.

Pero solo había una Nerea.

Y ya era la novia de su hermano mayor.

Así que el tío menor tendría que aguantarse.

Emilio suspiró como todo un adulto. —Ya levántate, vete a acostar a la cama y deja que el doctor te revise.

Kevin se quedó tirado sin moverse.

Emilio le dio una palmada. —Si la doctora no te hace caso, búscate a otra que sí te quiera. ¿Qué ganas con hacer tanto drama? ¿A poco es muy divertido?

—Eres un escuincle que no sabe nada de la vida. ¿Tú qué vas a entender?

—Pues no entenderé, pero ustedes los adultos están locos.

***

Después de colgar, Nerea lo pensó un momento y marcó al teléfono fijo de la casa de los Rojas.

Contestó la empleada que ya la conocía.

Nerea le dictó un par de recetas de sopas caseras para proteger el estómago y le pidió que se las preparara a Kevin.

Antes de colgar, le pidió de favor que no le mencionara a Kevin que ella había llamado ni que le había pasado la receta.

—¿Y eso por qué, señorita? —preguntó la empleada, confundida.

Nerea fue directa: —No quiero que se haga ideas raras. Él no me interesa, yo solo quiero a su hermano. Si de verdad le tiene aprecio a Kevin, no le diga nada.

Al escucharla, la mujer se quedó sorprendida por un segundo.

¡Por fin entendió por qué Kevin había rechazado al médico que ya estaba en la casa y había obligado al niño a llamarle a la señorita Galarza!

Ella pensaba que era porque la señorita era mejor doctora.

¡Resulta que el muchacho estaba enamorado de ella!

Pensándolo bien, cuando Nerea se quedó unos días en la casa de los Rojas, Kevin, que siempre andaba de viaje de negocios, casualmente canceló todo y llegaba temprano a casa.

Todos los días iba a recogerla al centro de investigación.

Además, se desvivía por atenderla.

—Sí, claro. ¿Ya llegaste al hospital?

—Apenas voy entrando.

Al terminar la llamada, Nerea cerró la computadora y, obediente, se sirvió un poco de vino y encendió el incienso.

Aunque no pudiera dormir, no quería que su padre se preocupara por ella.

Mientras tanto, en el hospital.

Los tres hermanos Encinas se vieron en el estacionamiento subterráneo y subieron juntos a la habitación para caer de sorpresa.

La enfermera se llevó un susto de muerte, pero menos mal que acababa de asear a la anciana y había abierto la ventana para ventilar.

El cuarto no olía mal y la abuela se veía limpia.

Así que recuperó la compostura.

—Buenas noches, señores —saludó con mucho respeto—. ¿A qué se debe su visita a estas horas?

Los tres hermanos no explotaron de inmediato ni mostraron ninguna emoción.

Alexander preguntó con tono casual: —¿Cómo ha estado mi madre últimamente?

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