El guardaespaldas le preguntó hacia dónde se dirigían.
—Primero vamos a la casa de la familia Encinas —indicó Nerea.
Aunque la señora Encinas le resultaba insufrible, el abuelo Encinas nunca le había hecho nada malo. Además, seguía siendo el padre de Álvaro. Solo por respeto a él, estaba dispuesta a ir a revisarlo.
El auto entró sin problemas a la residencia de los Encinas. El mayordomo ya la estaba esperando en la entrada; en cuanto el coche se detuvo, se acercó de inmediato y le abrió la puerta con mucho respeto.
—Señorita Nerea, bienvenida.
—Gracias —respondió ella con un leve asentimiento.
Justo en ese momento, Valentina salió de la casa, vestida con ropa de diseñador. Al ver a Nerea, se quedó pasmada un segundo, pero luego puso cara de sorpresa y alegría fingida.
—¡Nerea! ¿Ya te dieron de alta? ¿Cómo sigues de salud?
Valentina la saludó por iniciativa propia, con una sonrisa en el rostro, como si de verdad le alegrara verla recuperada.
Nerea no tenía la más mínima intención de cruzar palabra con ella. Pasó por su lado con el rostro inexpresivo, tratándola como si fuera un fantasma. Literalmente la ignoró.
Valentina sintió cómo la humillación le hervía en la sangre, pero mantuvo su máscara de inocencia y pureza. Se dio la vuelta y gritó:
—¡Nerea, espera!
Corrió hasta pararse frente a ella y bloquearle el paso.
—Perdóname, Nerea.
Obligada a detenerse, Nerea la miró con evidente fastidio.
—Valentina, ya que no nos soportamos, hazme el favor de que la próxima vez que nos crucemos hagamos como que no nos vimos. No me saludes. No somos cercanas y no quiero hablar contigo.
—Nerea, ya sé que no me tragas, pero te juro que no lo hice a propósito. Mi papá ya me regañó, te prometo que no volveré a hacer nada que te moleste.
A Nerea le pareció una burla absoluta.
—¿Ah, sí? ¿Y qué crees que estás haciendo justo ahora?
—¡Nerea! ¿Por qué estás amenazando a Valentina? —intervino Moisés Encinas, uno de los primos menores de la familia, que iba pasando por casualidad y decidió jugar al héroe.
Nerea le lanzó una mirada gélida.
—¿Ya se te olvidó cómo partí tu bate de béisbol la última vez?
Moisés recordó la imagen de Nerea rompiendo el bate con las manos desnudas y palideció, pero aun así, se armó de valor y se interpuso frente a Valentina.
—¡No está bien que abuses de los demás!
¡Zas!
Sin decir una palabra más, Nerea levantó la mano y le soltó una bofetada a Moisés directo en la cara. Fue un golpe tan fuerte que le botó un diente.
Con los oídos zumbándole, Moisés la miró incrédulo.
—¡Me pegaste! ¿Con qué derecho me tocas?

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