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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 731

—¿Qué intentas hacer? —Kevin sonrió con frialdad, levantando la mano en la que sostenía la botella de licor.

Alejandra frunció el ceño.

—Kevin, piénsalo bien. Si te atreves a golpearme con esa botella, te juro que...

El líquido helado escurrió por el cabello de Alejandra, empapándole el rostro. Kevin le había vaciado toda la botella encima, dejándola hecha un desastre, goteando y oliendo a alcohol.

—¡Kevin! —gritó Alejandra, al borde de un ataque de nervios.

Kevin arrojó la botella vacía a un lado y la soltó.

—¿Por qué gritas como loca? Tienes una voz rasposa y horrible, vas a asustar a los demás clientes.

Sin prisa alguna, sacó un paquete de toallitas húmedas y comenzó a limpiarse los dedos, uno por uno, con movimientos elegantes. Limpiaba justo la mano con la que había agarrado a Alejandra, como si ella fuera basura infecciosa.

La furia de Alejandra se disparó. Arrebató una copa de la bandeja de un mesero que pasaba y le arrojó todo el trago a Kevin en la cara.

Por supuesto, Kevin no era del tipo que se quedaba de brazos cruzados, incluso si se trataba de una mujer. Para él, no había distinción de género, solo dividía al mundo entre su familia y los extraños. Si alguien lo ofendía, se vengaba en el acto.

—Preciosa, al rato te pago tu postre —le dijo Kevin a una chica de la mesa de al lado mientras agarraba el pequeño pastel que estaba comiendo.

Acto seguido, se lo embarró entero en la cara a Alejandra.

Ciega de coraje, Alejandra pasó a los golpes y le lanzó una patada. No era una mujer cualquiera; había estado en el ejército antes de entrar a trabajar en el gobierno. Y aunque Kevin no era militar, también sabía pelear.

Kevin esquivó la patada, pero el puño de Alejandra llegó enseguida. En un abrir y cerrar de ojos, ambos se enfrascaron en una pelea a golpes en medio del bar. Agarraban cualquier cosa que tuvieran a la mano para golpearse, como si quisieran matarse el uno al otro.

El chofer de Kevin y el de Alejandra corrieron hacia ellos. Al principio iban a separarlos, pero al cruzarse las miradas, cada uno pensó que el otro iba a meterse a ayudar a su jefe, así que ambos choferes también terminaron agarrándose a golpes.

El dueño del bar llamó a la policía.

Cuando llegaron los oficiales, resultó ser un conocido: Juanjo, un viejo camarada de Leonardo.

Kevin, mientras se limpiaba un hilo de sangre de la cara, se quejó de inmediato:

—¡Qué chiste! ¿Yo pedirte perdón a ti? ¡Sigue soñando!

—Pues vámonos a la delegación —retó Kevin—. Supongo que el señor que acaba de enterrar a su hijo será el primero en enterarse y tendrá que ir a sacarte.

Si Kevin era venenoso, Alejandra lo era aún más.

—No te preocupes, cuando te encierren, tu abuela también va a ser la primera en saberlo. Pobre señora, casi ochenta años, con su nieta mayor y su yerno muertos en combate, su segundo nieto desaparecido y sin saber si está vivo o muerto... y ahora va a tener que pasar vergüenzas y dar la cara por un nieto malagradecido.

Kevin apretó los dientes.

—Eres tan víbora que no me extraña que Nicolás nunca te haya querido.

Alejandra, que había llegado a ser directora de su departamento a una edad muy joven, tampoco se iba a quedar callada.

—¿Víbora yo? ¡Víbora tu exnovia! Tú recibiste una puñalada por ella y la muy perra se volteó y se casó con tu peor enemigo. Y me contaron que hasta te mandó invitación para la boda. ¿Por qué no fuiste?

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