Entrar Via

Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 730

Por supuesto, el ganador elegía la penitencia.

La primera ronda fue para Kevin.

Sin protestar, Alejandra se tomó su trago entero, se recargó en la silla y le preguntó:

—¿Qué toca?

Con una mueca de satisfacción perversa, Kevin disfrutó el momento. ¡Al fin se desquitaría! Apuntó hacia el pequeño escenario.

—Súbete ahí y grita tres veces: «¡Alejandra es una gran idiota!»

Ella apretó la mandíbula y asintió.

—¡Sale!

Se levantó, marchó hacia el escenario, le pidió prestado el micrófono al cantante y gritó a todo pulmón:

—¡Alejandra es una gran idiota! ¡Alejandra es una gran idiota! ¡Alejandra es una gran idiota!

En ese momento, todo el bar enmudeció. Los clientes se le quedaron viendo, estupefactos. A Alejandra no se le movió ni un pelo; regresó a su silla con toda la calma del mundo y dijo que siguieran.

En la siguiente tirada, la suerte abandonó a Kevin.

Con una sonrisa maliciosa, Alejandra señaló el mismo lugar.

—¡Pásele, joven! Te me hincas a gatas y ladras como perro. ¡Tres veces!

—¡Me la vas a pagar, Alejandra! —gruñó él, apretando los dientes.

—Aquí te espero mientras ladras —respondió, agitando su vaso con aire relajado.

Kevin apretó los puños con tal fuerza que le tronaron. Ella lo miró con burla.

—¿Qué pasa? ¿No que muy machito el joven de los Rojas? ¿Te vas a rajar?

Él respiró hondo, se levantó y caminó hacia el micrófono. Por su altura y atractivo porte, captó de inmediato la atención de todos los presentes. Lo miraban con suma curiosidad.

Y, para asombro de la multitud, se levantó las valencianas del pantalón, se arrodilló, puso las manos en el piso y ladró:

—¡Guau, guau, guau!

Todo el mundo se quedó pasmado.

Kevin bajó del escenario como si nada y retomaron la partida.

Los dos dieron lo mejor de sí, pero esta vez, Kevin volvió a perder.

Soltando una enorme carcajada, Alejandra señaló el escenario.

—¡Súbete y grita tres veces: «Nerea es una gran idiota»!

Él no se movió. Su mirada se volvió oscura e intimidante.

—¡Te estás pasando de la raya, Alejandra!

Ella lo provocó:

—¿Ya acabaste? ¿Podemos continuar?

Pero ella se levantó de la mesa.

—Mañana trabajo temprano. Ya me aburrí.

Estaba a punto de irse cuando él dejó escapar una risita cínica y le agarró la muñeca de un tirón.

—¡Suéltame! —le advirtió.

Recargado en su silla, Kevin la miró con prepotencia, entornando los ojos.

—Vienes, me sueltas unos golpes y luego te largas. En esta vida las cosas no son tan fáciles.

—¿Y qué piensas hacer al respecto?

—Buena pregunta. ¿Qué pienso hacer?

Kevin empuñó una de las botellas que estaban en la mesa y se levantó, plantándose frente a ella.

Alejandra le echó un vistazo a la botella, pero no se inmutó; dudaba mucho que se atreviera a rompérsela en la cabeza. A pesar de que su familia y los Rojas siempre se traían ganas, era más bien por temas de rivalidad política.

Por lo general, cuando coincidían en algún lado, lo peor que llegaban a hacerse era tirarse un par de pedradas verbales. Había un pacto de no agresión física para no perder el decoro.

—¿Qué tratas de hacer? —preguntó ella con frialdad.

—¿Que qué trato de hacer? —Kevin esbozó una sonrisa maliciosa y levantó el brazo con la botella.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio