Desesperada y con el corazón en la mano, se abrió paso entre la gente, persiguiendo a una figura alta que llevaba un paraguas negro.
Solo podía escuchar el sonido de su propio pecho, el corazón le latía a mil por hora. Su respiración se aceleró.
—¡Leo! —le gritó a la silueta—, ¡Leo!
Ignorando el dolor en las piernas, corrió a toda prisa hasta alcanzarlo y le agarró el brazo.
—Leo...
El miedo a la decepción hizo que su voz saliera apenas como un susurro, temblorosa y rota por la emoción. Se aferró a la mano del hombre con ambas manos, sin apartar la mirada de su ancha espalda ni por un segundo. Tenía pavor de que, si parpadeaba, él desapareciera de su vida y no lo volviera a encontrar.
El hombre del paraguas se dio la vuelta lentamente y bajó la vista hacia la mano que lo sujetaba. Al levantar el paraguas, su rostro quedó al descubierto. Llevaba cubrebocas y lentes oscuros.
—¿Se le ofrece algo, señorita?
Nerea palideció al instante. Soltó el agarre y dejó caer los brazos, sin fuerzas.
No... no era la voz de Leonardo. No era él.
—Lo siento, lo confundí con alguien más.
El hombre siguió su camino, pero Nerea se quedó petrificada, incapaz de dar un paso.
Los guardaespaldas la alcanzaron.
—Señorita Galarza.
Mirando la calle desconocida con ojos vacíos, murmuró:
—No era él.
***
Mientras tanto, en una finca en el extranjero.
Estaba segura de que él no era cualquier hijo de vecino.
—¿Seguro que no quieres pensarlo mejor, Enrique? Si aceptas, puedo conseguirte papeles falsos y pagarte una muy buena suma. No te irá mal conmigo. Además... —cambió el tono para persuadirlo—, la mujer que amas ni siquiera está aquí. Si tú no dices nada y yo tampoco, ¿cómo se va a enterar? Pierde cuidado, te guardaré el secreto.
La insistencia de Patricia no era un simple capricho. Lo tenía todo fríamente calculado.
Con el misterioso origen de ese hombre, tenerlo de falso novio sirviéndole de respaldo le ahorraría muchos dolores de cabeza con la amante de su padre y la hija de esta. Y bueno, si de paso la mentira se volvía realidad, tampoco salía perdiendo.
Al fin y al cabo, él era muy apuesto, varonil, inteligente, bueno para los golpes, educado y no parecía ser un mujeriego. Lo que acababa de decir demostraba su integridad moral. Encontrar a un buen partido como él no era tarea fácil hoy en día.
Había demasiados patanes sueltos, igualitos a su padre, incapaces de mantener el pantalón cerrado y regando hijos por todos lados.
Sin embargo, Leonardo volvió a negar con la cabeza.
—Patricia, cuando de verdad amas a alguien, no soportas la idea de engañarla. Puede que no esté a mi lado, pero la llevo en el corazón.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio