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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 727

El coche se detuvo lentamente a la orilla de la calle. Los guardaespaldas de Nerea también se estacionaron justo detrás.

Nerea empujó la puerta y bajó.

—Mándame la cuenta del taller —dijo.

Tras decir esto, cerró con cuidado la puerta que estaba a punto de zafarse y se dio la vuelta para marcharse sin dudarlo.

Frustrado, Kevin abrió su propia puerta, bajó del auto y le gritó:

—¡Nerea!

Ella se detuvo junto a la puerta de su coche, dándole la espalda.

Con los ojos enrojecidos, él le preguntó:

—¿Y si mi hermano no regresa?

Nerea apretó el agarre en la manija, sintiendo una punzada de dolor en el pecho. Unos segundos después, respondió con firmeza:

—Regresará.

—¡Pero y si no! —insistió Kevin, terco—. ¿Qué pasa si jamás vuelve?

—Aun si no vuelve, es a él a quien amo.

Kevin se tambaleó, como si hubiera recibido un golpe certero.

Sin molestarse en mirarlo, Nerea continuó con voz despiadada:

—Kevin, no te amo. Deja de hacer cosas por mí.

Ella sentía que no lo merecía; era una carga que no podía ni quería llevar, y mucho menos pagar. No quería seguir acumulando deudas emocionales.

Nerea se subió a su auto y cerró la puerta. El vehículo arrancó, pasando junto a Kevin.

Él bajó la mirada para observarla a través del cristal. En sus ojos enrojecidos aún quedaba un último destello de esperanza.

Pero el coche simplemente se alejó sin detenerse.

Nerea ni siquiera se molestó en dedicarle una última mirada; mantuvo la vista fija al frente.

Tras avanzar unos metros, el espejo retrovisor reflejó la figura de Kevin. Estaba de pie bajo la luz amarillenta de un farol, inmóvil como una estatua.

Con los ojos llorosos, no dejaba de mirar en la dirección en la que ella había desaparecido. Parecía que estaba llorando. Su postura desolada daba la impresión de ser un perro callejero abandonado por su dueño. Era una escena verdaderamente lamentable.

El chofer suspiró.

—¡Pero el «hubiera» no existe! Quizás simplemente así es el destino.

—¡Pues al diablo con el destino! —masculló Kevin, apretando los dientes.

El empleado supo que no tenía caso seguir discutiendo. Cuando alguien se aferra a una idea, tiene que darse cuenta de su error por sí solo. Era igual que la firme convicción de Nerea de rechazar a todos sus pretendientes sin piedad, negándose siquiera a ser su amiga.

Kevin no podía superar su frustración. Seguía pensando que si hubiera sabido la verdad antes, las cosas habrían sido diferentes. Estaba resentido, dolido y, por lo tanto, se negaba a dejarla ir.

El chofer se quedó en silencio, sosteniendo el paraguas sobre él. En cosas del amor nadie manda; de lo contrario, el mundo no estaría lleno de corazones rotos. Por muy claro que lo vea un espectador, no deja de ser un simple espectador.

Mientras tanto, el coche de Nerea recorrió la larga avenida hasta detenerse en un semáforo en rojo. Nerea miraba por la ventanilla, con expresión ausente.

De repente, como si hubiera visto un fantasma, abrió los ojos de par en par. Empujó la puerta y salió corriendo.

Los guardaespaldas no se lo esperaban. Para cuando bajaron, Nerea ya iba corriendo por la acera.

—¡Señorita Galarza!

Inmersa en su propio mundo e ignorando todo a su alrededor, Nerea no escuchó sus gritos.

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