Catalina recordó el sonido metálico y nítido que hizo el cofre cuando Lucía lo sacudió.
Supuso que podrían ser joyas o algo por el estilo.
Antes, sin duda, se habría dejado llevar por la tentación y habría hecho lo que le pidieran.
Pero ahora, jamás volvería a caer en la misma trampa.
Poco después, Leo también regresó al salón y tomó asiento.
Catalina comió en silencio, con la cabeza baja, sin mirarlo ni una sola vez.
Terminada la cena, doña Carla decidió que se iría con ellos a la Residencia Oro, y que al día siguiente partirían juntos a la finca.
Catalina tenía el tobillo torcido y necesitaba unos días de reposo.
Así que le pidió permiso directamente al profesor Andrés.
De vuelta en la Residencia Oro, Leo se fue directo al estudio.
Necesitaba adelantar el trabajo pendiente para poder irse a la finca.
Catalina, como de costumbre, fue al vestidor a buscar su pijama para bañarse.
En cuanto entró, su mirada se clavó en el bolso que estaba sobre la vitrina central.
Ese bolso que había vendido hacía unos días estaba allí.
Catalina se detuvo en seco.
No necesitaba pensar mucho para saber quién lo había comprado.
Un nudo agridulce le subió por el pecho sin saber por qué.
Se acercó, tomó el bolso y descubrió una nota debajo:
"Dentro del bolso hay algo más."
Abrió el bolso y sacó un estuche de joyería fino.
Al abrirlo, encontró un collar de diamantes rosas.
Su precio debía superar con creces el del bolso.
Entonces lo entendió.
Por eso Leo había insistido tanto en que volvieran a la Residencia Oro hoy.
El bolso y el collar eran su forma de disculparse por lo de anoche.

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