—Ja, ¿quién se lo cree? —dijo Polo.
Noelia le mostró la conversación:
—¿Lo ves?
Varios hombres se acercaron a mirar y fruncieron el ceño:
—¿Catalina se atreve a venir? ¿Lo sabe Leo?
Polo soltó una risita:
—Si Leo la llama, no viene en absoluto, ¿no aparece?
Las chicas sintieron un leve temor.
Después de todo, era algo que Catalina habría hecho antes.
Pero Noelia confiaba en ella:
—Llámenlo si quieren, Catalina va a venir.
Al ver que no le creían, Polo sacó el celular con toda seguridad y llamó a Leo:
—Leo, dile algo de tu esposa.
—Se quiere ir a correr, me lo dijo su amiga.
—Ah, y otra cosa, trajimos a Laura a divertirse.
—Si tienes tiempo, vente también.
Leo respondió con voz grave:
—Entendido.
Colgó.
Polo miró su reloj:
—Vamos a contar cuánto tarda Catalina en llamarlos para decir que no va.
—Apuesto a que no pasa de un minuto.
Alguien empezó a imitar la conversación entre Leo y Catalina:
—Leo dice: "No vayas".
—Catalina responde: "Sí, mi amor, no me voy".
—Eso es todo, no llega ni a un minuto.
Noelia sintió náuseas al ver cómo se burlaban de Catalina con tanta maldad.
—Noelia, ¿te atreves a apostar?
—Si Catalina viene hoy, me arrodillo aquí y hago lo que me digas.
—Pero si no viene... —levantó una ceja.
—Hoy vinieron doce amigos míos.
—Te quedas con nosotros una noche.
Justo cuando Polo terminó de hablar, se oyó un frenazo en la entrada.
Todas las miradas se volvieron.
Un Ferrari rojo entró derrapando, con un giro perfecto del volante y una frenada precisa.
Fue una maniobra limpia y perfecta.
Catalina llevaba una camisa corta y unos vaqueros de tiro bajo.
Su figura esbelta dejaba ver su cintura blanca y fina.
Su melena ondulada, a la altura de la cadera, flotaba con el viento.

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