A la mañana siguiente, Catalina sentía la cabeza a punto de estallar y el cuerpo entumecido.
Se masajeó las sienes.
Apoyada en el frío suelo, tardó un buen rato en darse cuenta de dónde estaba.
El despertador de su celular no dejaba de sonar.
Era la alarma que le recordaba levantarse a prepararle el desayuno a Leo.
La apagó y la eliminó por completo.
La sirvienta salió en ese momento.
Al verla, puso cara de culpable:
—Señora, lo siento.
—Anoche quise meterla, pero el señor no me lo permitió.
—Me ordenó que la dejara fuera.
Esperaba ver a Catalina humillada, pero ella se levantó sin más.
Su voz, aunque un poco ronca, no dejaba traslucir emoción alguna:
—Fui yo la que se equivocó de casa por estar borracha.
—A partir de ahora, no me llames "señora".
Estuvo a punto de irse, pero recordó algo y añadió:
—Dile que prepare el acuerdo del divorcio.
Catalina revisó el celular.
Noelia le había llamado muchas veces la noche anterior.
Le devolvió la llamada:
—¿Noelia?
—¡No me digas que te arrepentiste! Anoche no contestabas.
—Llamé al profesor Andrés y me dijo que habías ido a Residencia Oro.
Su tono era de franca indignación:
—Si esta vez no espabilas, te despierto a golpes.
Catalina se rio:
—¿Tú me pegas a mí? Tranquila, no me arrepiento.
—Solo que anoche me emborraché...
No recordaba cómo había llegado a Residencia Oro.
—Quiero comprarme un auto, es muy incómodo no tener uno.
Sabía conducir, y muy bien.
De hecho, muchos de sus antiguos amigos los había conocido en carreras de autos.
Pero después de casarse con Leo, se obligó a gustar de cosas tranquilas, serias, y dejó de conducir.
Para qué, si tenía chófer.
Ahora que se había separado de él, necesitaba su propio auto.
Catalina fue a un concesionario.
En poco tiempo, compró un Ferrari igual al de Noelia.

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