Catalina se sintió aturdida.
Nunca imaginó que tuviera tantos recuerdos con él.
Que ni siquiera tantos recuerdos bastaran para que él se enamorara de ella.
Que el amor realmente no se pudiera forzar.
Respiró hondo y miró a los tres que caminaban adelante.
Cuando salieron del sendero, detrás del edificio de aulas había un bosque, y el camino angosto estaba casi vacío.
Catalina se adelantó y tomó la mano de Leo.
Sus dedos eran largos y un poco fríos.
Leo se detuvo en seco, estaba sorprendido.
Hacía mucho que Catalina no hacía algo así.
Desde que empezó a pedir el divorcio, ese tipo de gestos para ella era una señal de debilidad.
Laura miró fijamente la mano de Catalina sobre la de Leo, y su expresión se tensó, aunque su tono se mantuvo tranquilo:
—He estado tan metida hablando de mis recuerdos con Leo que me olvidé de ti, lo siento.
Catalina se acercó a Leo, pegándose a él.
Parecía haber vuelto a ser esa chica de antes, la que sentía un enorme apego por Leo.
Miró a Laura, y luego a Leo:
—Ya que se gustan tanto, ¿por qué no estuvieron juntos desde el principio?
Catalina sabía bien que nunca habían tenido una relación.
Con lo pegajosa que había sido con Leo, si él hubiera tenido novia, ella lo habría sabido.
Hubo un largo silencio.
Laura bajó la cabeza y dijo:
—Catalina, a veces te envidio mucho.
—Eres muy ingenua.
—Crees que tener una relación es tan sencillo como querer tenerla.
Catalina asintió:
—Sí, deberías envidiarme.
—Porque pase lo que pase, si me gusta alguien, lo persigo hasta tenerlo.
De repente soltó una risa fría:
—Yo no espero a perder para arrepentirme, y luego hacer cosas inmorales disfrazándolas de amor verdadero.
La respiración de Laura se agitó.
Miró a Leo:
—Vámonos, no hay nada más que hablar.
Cuando Laura iba a irse, Catalina la sujetó:
—Todavía no termino.

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