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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 175

El olor a sangre fresca me quemaba la nariz, era tan fuerte y embriagador, que me mareaba. Detrás de mí, estaba mi madre, que en algún punto dejó de moverse y sus ojos permanecieron abiertos. No vi el momento en que la vida desaparecía de sus ojos, ni su última exhalación. Y no me podría importar menos.

No sé en qué momento me volví tan insensible. Prefería pensar que estaba siendo selectiva con las personas a las que le ofrecía mi tristeza.

Los gruñidos de Rodolf llenaron la bóveda. Era la primera vez que usaba una pistola, pensé que le había apuntado al corazón, pero terminó atravesando su hombro. Al menos, soltó el arma. Se encontraba revolcándose en el suelo, cubriendo la herida.

No era doctora, pero creo que sobreviviría a la herida. Ni siquiera estaba botando tanta sangre. No si lo comparo con el charco de sangre que formó mi madre en cuestión de minutos.

Derek se había apropiado de la pistola de su padre y la había guardado en su pantalón. Inspeccionó el cuerpo que aún se retorcía de dolor, mas no hacía nada por defenderse.

―No hay más armas, ni nada importante ―declaró, poniéndose de pie―. ¿Tienen algún otro cómplice? ¿Dónde consiguieron las armas? Ni a ti ni a Katherine se les pudo haber ocurrido este desastroso plan, no tienen los recursos para conseguir armamento. Mucho menos los padres de Erika.

El hombre estaba concentrado en el dolor.

Derek suspiró con cansancio, metiendo sus manos en los bolsillos con gesto desinteresado. Puso su pie sobre el hombro lastimado de Rodolf.

―Deja de llorar, lastimosamente, esas herida no te matará.

Los ojos de Rodolf lo fulminaron y sus muecas de dolor se agudizaron.

―¡Vete a la m****a!

―¿Cómo planeaban salir de aquí? ¿Tienen un conductor?

No decía nada.

De pronto, gruñó con un poco más de fuerza. Suponía que estaba ejerciendo presión en la herida.

―Quien te dio esta idea, sabía que fracasarían, se aprovechó de ustedes porque son volátiles y estúpidos. Esa persona no quería que ustedes nos robaran, quería que nos matarán en un arranque de ira ―Las palabras de Derek sonaban despreocupada, pero la forma en la que miraba a su padre, dejaba en evidencia el cabreo que sentía―. Quería que nos matarán a los dos, por eso también están los padres de ella. Debe ser una persona que me conozca muy bien a mí y a ella. Y que nos odie lo suficiente.

El hombre seguía sin responder, pero su silencio decía más que mil palabras.

―Fuiste usado. Mientras que esa persona está allá afuera, jodiendo, tú estás aquí, desangrándote. Ya sé quién fue, solo necesito que digas su nombre en voz alta para confirmar mi teoría.

Mi mente voló a las posibilidades y entre todas las personas, solo había una que encajaba en el perfil.

―Katy ―gruñó Rodolf.

―Pero, ¿cómo...? ―Las preguntas se acumulaban en mi lengua.

Pensé que había sido Martín, que de alguna forma había logrado volver al país y estaba tomando venganza. ¿En serio, mi ex jefa? No podía entender como había logrado reunir a mis padres y a los suyos, mucho menos como se enteró de los problemas familiares que teníamos y ni hablemos de cómo los convenció para hacer esta locura.

Ayudé a Derek a cerrar la puerta metálica, dejando encerrado a su padre con el cadáver de mi madre.

―Él quería la fortuna de la familia, ahora la tiene. Puede pudrirse con el dinero que tanto codicia ―escupió mi esposo.

Continuamos nuestro camino. Si los únicos dos atracadores que quedan están en la zona de clientes, salir era pan comido, ya que no había nadie cubriendo la puerta de emergencia. Aunque no es una puerta que pueda usar cualquiera, ya que se necesita una clave de acceso para que se abra por dentro. Algo incoherente, en mi opinión.

Esperé a que pusiera la clave, pero no lo hizo.

Se volteó en mi dirección y tomó mi rostro con sus grandes manos. Me observó detenidamente, cada detalle. Estaba haciéndolo otra vez, buscando mi tristeza, mis grietas emocionales, mis sentimientos negativos. Y aunque esta vez no me sentía como antes, no había nada por lo cual llorar ni deprimirme.

Sonrió con calidez.

―Estás bien ―No era una pregunta, ni una duda. Me lo estaba confirmando.

Satisfecho, volvió a su trabajo, pero lo detuve antes que siquiera pudiera poner un solo número. Imité su acción, tomando su rostro y analizando sus ojos.

Físicamente estaba bien. Emocionalmente, no veía tristeza, remordimiento, ni siquiera esa malicia en su mirada al salirse con la suya. Estaba vacío, era como si mirara a la nada.

―Tú... Estarás bien.

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