Los pulmones se me iban a salir de la caja torácica. Mi vista estaba fija en el arma que me apuntaba a la cabeza. El hombre presionaba la pistola con tanta fuerza que temblaba. No era miedo de quitar una vida humana lo que lo hacía temblar, era la rabia pura invadiendo sus venas.
―La necesitamos viva ―Se apresuró a decir la mujer, tomando el brazo alzado del hombre. Este se negó a bajar el arma. Que mi futuro estuviera en manos de un ser tan volátil, me hacía darme cuenta de lo injusta que era la vida―. ¿Quieres que nos vayamos de acá sin un centavo?
Noté como la mujer enterraba sus uñas enguantadas en la muñeca del atracador. Fue bajando el brazo lentamente. Solté un suspiró de alivio.
Unos pasos se escucharon en las escaleras. ¿Otro atracador? ¿Derek?
Ambas siluetas cubrían la sección de las escaleras, se me hacía imposible ver algo.
Me levanté despacio del suelo, tratando de no provocar una reacción violenta de los enmascarados.
Pude ver a Derek, bajando las escaleras con calma, paso a paso, las manos metidas en los bolsillos. Los ojos grises parecían haber sido rociados con combustible, a punto de causar un incendio. La expresión de su rostro era la representación de la amenaza y la muerte. A pesar de la evidente muestra de furia en su rostro, bajaba las escaleras como si tuviera el control de la situación.
La mujer le apuntó con el arma, pero eso no hizo que se detuviera.
―¡Quédate donde estás! ―gritó la mujer, sosteniendo el arma con ambas manos.
Siguió avanzando.
―¿No escuchaste? ¡No te muevas! ―El enmascarado se unió a la mujer.
A pesar que ambos estaban atentando contra su vida, él no se detenía.
Traté de hacerles señas para que se quedará quieto, pero no me veía. O simplemente, me ignoraba a propósito.
Tal vez mis pensamientos eran algo incongruentes, considerando el arma que amenazaba con traspasar mi pulmón.
¿Por eso me trajeron? Para usarme y obligar a Derek a cumplir sus demandas.
Mi esposo movió el cuello, tronando los huesos de la zona. Resopló con evidente fastidio, antes de dedicarle una mirada a la enmascarada a mi lado.
―Ya pueden dejarla ir, me tienen a mi, tal y como querían. Ella no les sirve de nada, no tiene acceso a ninguna de las bóvedas ―Su voz era firme, pero al mismo tiempo, desinteresada.
―¿Piensas qué somos estúpidos? Ella es tu esposa. No harás ninguna estupidez mientras tengamos la vida de tu mujer en nuestras manos.
―Creo que están un poco confundidos. Ella es solo una mujer que fue unida a mí por un papel, un contrato. No hay más ―Sus palabras eran como el filo de un cuchillo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...