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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 153

Retrocedí lo más que pude, asegurándome que no viniera nadie por la carretera.

―¿Este sería un buen momento para hacer un chiste de: toc, toc, quién es?

Pisé el acelerador sin temor alguno.

Choqué contra la reja, sintiendo como todo el vehículo y mi propio cuerpo, temblaba. Logré tirarla, pero esta cayó sobre el parabrisas, quebrando el vidrio. Debo admitirlo, me asusté al punto que chillé, porque pensé que la reja terminaría dándome en la cara.

Una vez que el miedo salió de mi cuerpo, traté de avanzar, pero el auto se negaba, gracias a la reja desplomada.

―¡Maldita sea!

No tuve más remedio que salir del coche y caminar por el sendero, que por suerte, yo misma había despejado. Caminé con prisa y misteriosamente, no había ningún empleado afuera, listo para prohibirme la entrada.

Eso era sospechoso.

Fui hasta la puerta y como cualquier ser humano con decencia, toqué la puerta. Al tercer intento fallido, me harté. Recorrí los alrededores hasta que encontré una ventana. Traté de abrirla, pero esta no cedía. Debía estar cerrada por dentro.

No estaría haciendo esto si no fuera por las claras sospechas del maltrato de Kira.

¿Por qué se niega a dejar que la vea? ¿Por qué él no se atreve a darme la cara a pesar de haber derribado su portón?

Todo indicaba a que algo malo estaba pasando y era culpa de los detestables padres de Derek.

Tomé una piedra decorativa del jardín y la arrojé contra la ventana. Esta se rompió y no dudé en pasar.

―¡Rayos! ―grité al sentir el vidrio traspasar la piel.

El enfado me estaba volviendo descuidada. No podía pensar con claridad.

Ya en el interior de la mansión, solo tuve que caminar dos pasos para que por fin apareciera un mayordomo y una sirvienta.

―¡No es bienvenida! ¡Debe irse! ―gritó el mayordomo, viéndome con ojos de gacela frente a un depredador. La sirvienta tenía una mirada parecida y su cuerpo temblaba.

Creo que ver a una demente destrozar el jardín y romper las ventanas de la mansión para entrar, es algo para lo que no estaban preparados, pero ahora ya lo pueden meter en el currículum.

Quité el seguro de la parte de afuera de la puerta, pero esta no abría.

―¡No seas estúpida! ¿Dime cómo sacarte? ―hablé a través de la puerta de madera, sintiendo como el tiempo se me agotaba.

―En la parte de abajo hay un seguro. Está pegado al piso ―Sollozó―. Si me vas a sacar de aquí, por favor, apúrate. Antes de que nos descubran.

Quité el seguro de un solo golpe y logré abrir la puerta.

Del otro lado estaba mi amiga, con su cabello rojo revuelto, el labio reventado, el pómulo partido y un ojo morado.

Se me abalanzó encima apenas me vio.

―Pensé que jamás iba a volver a verte. Creí que me mataría ―Lloró contra mi hombro y no dudé en devolverle el abrazo.

―Y si te voy a matar, pero al parecer ahora tendré que enterrar dos cadáveres ―dijo una voz siniestra a unos metros de distancia.

Ambas volteamos a la vez, observando al hombre de ojos negros y barba, cuyo gesto era severo y traía en una de sus manos una correa de cuero.

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