—Se los advierto —continuó Álvaro—, si se atreven a volver a molestar a Isabela, me voy a encargar de que no puedan seguir con sus negocios allá en su pueblo. Además, más les vale devolverle la casa y el restaurante que dejó el papá de Isabela y de los que ustedes se adueñaron.
»No esperen a que ella los demande para recuperarlos, porque si lo hace, van a perder sí o sí. Tanto ella como la señora Vanessa son las herederas directas de los bienes que dejó ese hombre.
»Los mayores tal vez no entiendan de leyes de herencia, pero ¿a poco los jóvenes tampoco?
»¡No se confundan! Que Isabela esté divorciada no significa que esté sola, ¡porque yo soy su respaldo!
»Pablo, con una sola llamada puedo averiguar de qué trabajan tus hijos y tus nietos. Si siguen acosando y lastimando a Isabela, haré que los corran a todos y que no puedan volver a conseguir trabajo ni en su rancho.
»¡Y se los cumplo!
Sin decir más, Álvaro se puso de pie para marcharse.
Era imposible razonar con ellos; eran irracionales hasta la médula.
Con gente así, hasta su buen temperamento se convertía en pura rabia. Con razón Isabela había dejado que la acorralaran a propósito; necesitaba una excusa válida para meter a los más impulsivos a la delegación.
Al tener encerrados a los revoltosos, los que quedaban no tenían las agallas suficientes; solo se amparaban en ser mayoría y en la ventaja de su edad, pero Isabela ya no les tenía miedo.
—¡Álvaro, Álvaro!
Pablo y los demás le gritaron al unísono, levantándose a toda prisa para rodearlo e impedirle el paso.
—Podemos llegar a un acuerdo, Álvaro. Si quieres, nos puedes dar un poco menos. Si a Isabela le pedimos diez millones, puedes darnos unos ocho o nueve; te hacemos precio.
Álvaro soltó una carcajada amarga.
—¿Hacerme precio? ¿Acaso les debo algo? ¿Acaso Isabela les debe algo?
A fin de cuentas, Álvaro e Isabela ni siquiera eran pareja; él apenas le estaba haciendo la lucha.
—¿No que te gusta mucho Isabela? Si tú pones el dinero por ella, ya no la molestamos; le estarías haciendo un parote y ella seguro te lo va a agradecer. Te sumaría muchos puntos para que te dé el sí.
Celeste se unió a las súplicas:
—Álvaro, no te vayas tan rápido, siéntate y platiquemos con calma. Por tratarse de ti, le podemos bajar un poco a lo que pedimos.
Isabela tenía el corazón de piedra, sacar algo de provecho de ella estaba muy difícil.
Álvaro se veía mucho más accesible que Elías y, además, estaba detrás de ella.
¿Acaso no había ido esta noche a ayudar a Isabela a quitarse ese problema de encima?

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