Jimena comentó:
—Isabela, bien sabes que no me gusta el té y aun así me lo sirves. Quiero agua. Ponle dos cucharadas de azúcar a mi vaso; necesito ese toque dulce para podérmelo pasar.
—A menos que me esté muriendo de sed, no pienso tomar agua simple.
Isabela respondió con frialdad:
—Cuando llegan visitas, ofrecer té es lo correcto. Es cuestión de educación.
Se levantó y personalmente tomó la tetera para servirle una taza a la señora Ríos.
Jimena se quedó con la palabra en la boca, indignada.
Isabela ignoró su berrinche y también le sirvió una taza a ella antes de servirse una para sí misma.
Tras dejar la tetera, se sentó y le indicó a su secretaria que saliera a trabajar; ella podía manejar a estas dos mujeres.
La señora Ríos colocó los regalos que traía sobre el escritorio de Isabela.
Isabela les echó un vistazo rápido; parecían ser joyas y un par de cajas de suplementos.
—Señorita Romero, hoy vengo en nombre de mi hija Valentina para pedirle una disculpa. Aquella noche, mi hija estuvo mal. No debió buscarle problemas y mucho menos desquitarse con su coche.
La señora Ríos, con el rostro lleno de pesar, se disculpó primero con Isabela y luego empujó suavemente los regalos hacia ella.
—Señorita Romero, es un pequeño detalle, una muestra de nuestra buena voluntad. Espero que tenga un gran corazón y perdone a Valentina esta vez. Le prometo que en cuanto salga, la voy a educar como se debe.
Jimena intervino:
—Isabela, acepta de una vez. La familia Ríos está mostrando muchísima voluntad al hacer esto.
—Te van a pagar un coche nuevo, te dan cien mil pesos por daño moral y ya se disculparon. ¿Para qué te empeñas en no llegar a un acuerdo? Valentina ya entendió su error. Ya dijo que promete no volver a tocar tu coche ni dañar ninguna de tus cosas.
La actitud inflexible de Isabela era conocida no solo por la familia Ríos, sino también por Jimena. Si alguien dañaba el patrimonio de Isabela, ella no se andaba con rodeos.
Isabela se había vuelto sumamente dura.
Y con razón. Ahora tenía a Elías y a Álvaro respaldándola. Era como en los viejos tiempos, cuando tenía a esos dos consintiéndola y podía pasearse por todo Nuevo Horizonte como si fuera la dueña del lugar.
Hoy en día, Isabela estaba igual que antes: nadie se atrevía a decirle nada en Nuevo Horizonte, y seguramente muchos buscarían ganarse su favor.

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