—Siempre te calumniaba y le decía a Rodrigo a propósito que tu mamá te había llevado a la familia Méndez solo para robarle el cariño de su papá, para que él te odiara, para que no le cayeras bien y sintiera que le querían quitar el amor de su madre también.
—Rodrigo y yo crecimos juntos, así que él confiaba más en mí. Por eso dejó de quererte y te fue odiando cada vez más.
Isabela guardó silencio.
Cuando llegó a la familia Méndez con su madre, era demasiado pequeña y no recordaba muchas cosas.
Desde que tenía uso de razón, solo recordaba a Rodrigo molestándola, tratándola mal, prohibiéndole a su madre que la mimara porque quería que solo lo consintieran a él.
Ella pensaba que Rodrigo siempre la había odiado.
Ahora que Jimena revelaba la causa, Isabela se enteraba de que, en algún momento, Rodrigo sí había querido a esa hermana sin lazos de sangre.
—Y ahora a Elías también le importas tú. Antes, la persona a la que más consentía era yo, la que más le importaba era yo. Pero desde que apareciste, su atención se fue desviando poco a poco hacia ti. Cada vez te trataba mejor.
—Su cariño solo debía ser para mí. Él es mi amigo de la infancia; aunque yo no me casara con él, ¡no quería que se casara con nadie más, no quería que le gustara otra!
—Pero tú le robaste su cariño, su atención. ¡Por eso te detesto, por eso te odio!
Jimena hablaba con aire triunfal, sintiendo que había logrado atar el corazón de sus dos amigos de la infancia, asegurándose de que solo fueran buenos con ella.
Al instante siguiente, su rostro se llenó de resentimiento y miró a Isabela como si sus ojos destilaran veneno.
Si las miradas mataran, Isabela habría muerto mil veces.
—Yo nunca busqué activamente a tu «amigo de la infancia».
Cuando Jimena terminó, Isabela dijo con calma:
—Fue Elías quien vino a buscarme, él fue el primero en cortejarme. Yo nunca lo provoqué.
—Lástima que solo te usó como una pieza de ajedrez. Nunca te amó. Se casó contigo para tener más facilidades de verme a mí.
—Él me ama de verdad, muchísimo. Para poder verme más seguido, estuvo dispuesto a lastimarte a ti, una mujer inocente.
Isabela dejó que riera, dejó que se regodeara en su triunfo.
Cuando la risa de Jimena estaba en su punto más alto, Isabela soltó una frase helada:
—Hoy en día, con quien él más desea casarse es conmigo, no contigo. Cuando tú te le ofreces, él te ve como si fueras veneno puro, de ese que mata al contacto.
La arrogancia de Jimena se apagó al instante.
Sin importar cuánto la hubiera amado Elías en el pasado, ¡el hecho era que ahora Elías no la quería! ¡Esa era la realidad!
¡Maldita Isabela, le encantaba clavarle el cuchillo donde más le dolía!

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