Al ver que la secretaria no cedía ni un milímetro, Jimena dijo con cierto enfado:
—Estás perdiendo una gran oportunidad. Nunca vas a salir de pobre. Si sigues con Isabela, tarde o temprano su empresa va a quebrar.
—Cuando eso pase y no tengas trabajo, no vengas a rogarme que te contrate.
La secretaria respondió con frialdad:
—No me interesa hacerme rica, solo quiero estabilidad. Se ve que la señora Jimena le tiene mucho odio a nuestra empresa para andarnos deseando la quiebra.
—Tenga cuidado, no vaya a ser que el karma le llegue a su propia empresa y la que termine quebrando sea la suya.
—Y pierda cuidado, señora Jimena: aunque me quede desempleada, no iré a pedirle trabajo a usted.
—¡Tú!
Jimena, indignada por la respuesta de la empleada, dio media vuelta y regresó al sofá para sentarse.
Sacó su celular y llamó personalmente a Isabela, pero ella no contestó.
Isabela ya había regresado al edificio y estaba en el elevador, por eso no tomó la llamada.
—¡Maldita sea, no me contesta!
Jimena soltó un par de insultos contra Isabela. No pasaron ni dos minutos cuando vio aparecer a Isabela en su campo de visión. De inmediato, su rostro se ensombreció; se quedó sentada sin moverse y escupió palabras llenas de sarcasmo:
—Vaya aires de grandeza que se carga la señorita Romero, haciéndome esperar aquí media hora.
—Te llamo y ni siquiera contestas. Qué falta de respeto.
Isabela no respondió. Caminó directamente hacia la puerta de su oficina, sacó la llave, abrió y entró.
Al ver que Isabela la ignoraba, Jimena sintió que la sangre le hervía. Recordando que había venido a interceder por su amiga, reprimió su furia a duras penas, se levantó y entró a la oficina tras ella.
Isabela se sentó tras su escritorio, recargándose en el respaldo de su silla giratoria negra. Se mecía levemente de un lado a otro. Sus movimientos, su actitud... todo en ella le resultaba tremendamente irritante a los ojos de Jimena.
—¿Quién no deja en paz a quién? ¿Quién se la pasa atacando a quién?
—Yo debería preguntarle a Jimena Castillo: ¿en qué te ofendí yo para que siempre me intimides y vayas contra mí?
Jimena abrió los ojos de par en par.
Después de un momento, soltó:
—Aquí no hay nadie más, así que no tengo miedo de decirlo. Isabela, te lo digo de frente: te detesto, te odio a muerte porque le robaste la atención a Elías.
—Cuando eras niña y acababas de llegar, Rodrigo me contó muy feliz que tenía una hermanita linda y adorable. Incluso me llevó a su casa para verte.
—Desde la primera vez que te vi, me caíste pésimo. ¿Quién te manda a ser tan linda y bonita?
—Rodrigo te trataba como a una hermana de sangre y eso me daba celos. No soportaba ver que te tratara bien; él solo debía ser bueno conmigo. Por eso siempre hablaba mal de ti frente a Rodrigo.

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